XXI Congreso de la
Internacional Socialista
París, 8-10 de
noviembre de 1999
DECLARACION DE PARIS
LOS DESAFIOS DE LA
GLOBALIZACION
1. La humanidad está
viviendo un cambio de era, marcado por el fenómeno de la
globalización. Pasamos de la sociedad industrial a la
sociedad de la información, del conocimiento, con rapidez y
profundidad desconocidas en anteriores cambios históricos.
2. La revolución
tecnológica, incluida la biotecnología y, particularmente,
la información, es el factor desencadenante de este proceso
histórico. Con la globalización de la información, de la
economía, del comercio y de los movimientos de capital, se
abren espacios de oportunidad completamente nuevos, que
permiten iniciativas transformadoras de dimensiones
extraordinarias, como muestra la incorporación de nuevos
países y regiones al desarrollo y los avances científicos en
materia de medicina o en la producción alimentaria. Hasta
hoy, sin embargo, los efectos más llamativos son los
lacerantes incrementos de la desigualdad en todas las
sociedades nacionales y entre las distintas zonas del mundo.
Por ello, los rasgos que
más se resaltan ante la opinión pública son:
- La globalización de la
información, como revolución comunicacional que acorta
tiempo y distancia, estableciendo relaciones, en tiempo
real, con cualquier rincón del planeta y sobre cualquier
materia. Su carácter preferentemente unidireccional, sin el
diálogo necesario para conocer al otro, está provocando
rechazos culturales, afirmaciones de identidad frente a lo
que se siente como una amenaza homogeneizadora.
- La globalización de la
economía y el comercio, que produce una alteración
sustancial de la dimensión y estructura de las empresas y de
los mercados, de las relaciones industriales y de la
localización de las inversiones. Aumenta la productividad,
se produce paro tecnológico, se reparten sin equidad los
excedentes y se cuestiona el concepto tradicional de empleo.
- La globalización del
sistema financiero y el aumento exponencial de los
movimientos de capital a muy corto plazo, sin marco
regulatorio que los haga previsibles. Más del 90 por ciento
de estos flujos de capital se realizan en un plazo inferior
a una semana, sin que respondan a las clásicas operaciones
de intercambio de bienes o servicios. Desde el comienzo de
la década, continuas crisis azotan a países y regiones
enteras, amenazando con generalizarse y provocando fuertes
caídas del crecimiento, la renta y el empleo de las zonas
afectadas. El fenómeno tiende a aumentar con la liberación
del ahorro disponible, tras los ajustes presupuestarios de
la mayor parte de los países del mundo. Las crisis
financieras de esta década, han puesto de manifiesto el
efecto perverso del doctrinarismo neoliberal.
La gran paradoja de este
momento histórico, es que nunca antes se habían ofrecido a
los seres humanos más posibilidades de luchar contra
problemas ancestrales de desigualdad, de hambre, de
enfermedad o carencias de educación. Pero las oportunidades
están siendo utilizadas para aumentar las distancias, no
para acortarlas. Nuestra decisión es cambiar esta
orientación, para utilizar la globalización en beneficio del
progreso humano.
Una de las más graves
desigualdades que aún persisten es la que se da entre
hombres y mujeres, a pesar de que el movimiento feminista ha
supuesto uno de los más importantes avances de este siglo.
La interdependencia es
cada vez mayor, en la medida en que la escala de los grandes
problemas se hace planetaria, ya se trate de crisis
financieras, de flujos migratorios, de deterioro
medioambiental o de conflictos bélicos.
Los países centrales han
sido capaces de periferizar las consecuencias más graves de
las crisis financieras, evitando el contagio y limitando sus
efectos a los países y regiones emergentes, pero cada vez
resulta más claro que no pueden permanecer al margen de
ninguno de estos estallidos. El Sudeste Asiático, Rusia y
América Latina, amenazan con contagiar la epidemia,
transformándola en pandemia.
La destrucción de las
selvas tropicales preocupa gravemente en los países
centrales como una prioridad más acuciante que la de los
países que las poseen acompañadas de hambre y subdesarrollo.
3. La caída del muro de
Berlín, hace una década, supuso el símbolo político de este
cambio de era. Se cerraron las puertas de las terribles
certidumbres de esta segunda mitad del siglo XX y se
abrieron las ventanas de las incertidumbres esperanzadas de
un nuevo siglo.
La liquidación del
modelo comunista, como alternativa totalizadora a las
democracias "capitalistas", aceleró la presión
neoconservadora, neoliberal, arrastrándola a una
simplificación arrogante y fundamentalista, que les llevó a
confundir economía de mercado con sociedad de mercado, a
proclamar el pensamiento único y el fin de la historia.
La resultante ha sido,
sin embargo, la emergencia de la gran diversidad de
identidades culturales oculta bajo el pensamiento
sistematizador de los dos modelos de referencia en que se
basaba la política de bloques y el equilibrio del terror.
Las reacciones de rechazo a la agresividad del
fundamentalismo neoconservador, ha vuelto a un número
creciente de ciudadanos y ciudadanas hacia las ofertas más
solidarias del socialismo democrático, del laborismo o de
otras alternativas progresistas. Esta situación abre las
puertas a una renovada izquierda democrática, que sea capaz
de comprometerse con el cambio y utilizar los nuevos
instrumentos disponibles para conseguir sus objetivos de
justicia, libertad y solidaridad.
En numerosos países, la
liquidación de la política de bloques y la caída del muro,
ha supuesto la recuperación de las libertades perdidas y la
afirmación de los sistemas democráticos. Los esperados
"dividendos de la paz" no llegan. Lo que se supuso
oportunidad para un nuevo orden internacional superador del
equilibrio del terror, se ha convertido en un desorden
generalizado en los aspectos de seguridad, económicos y
financieros. El multilateralismo con un solo polo de poder,
se está convirtiendo en multiplicidad de conflictos étnicos
y culturales, de nacionalismos excluyentes que destruyen
fronteras establecidas y amenazan con nuevas disgregaciones.
4. Los efectos de la
revolución tecnológica, de la globalización económica y
financiera y de la desaparición de los bloques antagónicos,
están siendo trascendentales en el ámbito de realización de
la democracia y la soberanía: el Estado Nación.
Las políticas
macroeconómicas, constreñidas por el funcionamiento de los
mercados financieros globales, han visto reducirse sus
márgenes de maniobra, obligadas a cumplir severos
requerimientos en materia de déficit, inflación, etc. El
terreno de las alternativas se ha trasladado, no sin
dificultades conocidas, a la discusión sobre la mezcla de
ingresos y gastos que han de producir el resultado macro
requerido, no al resultado mismo que nadie cuestiona
seriamente. Hay, también, dificultades para armonizar
políticas monetarias de estabilidad de precios y políticas
de crecimiento generadoras de empleo.
La propia estructura del
Estado Nación está cambiando en un doble proceso de
descentralización: hacia arriba, creando ámbitos
supranacionales que buscan mayor capacidad de respuesta a
los nuevos desafíos, ante la insuficiencia del espacio
nacional conocido; hacia abajo, en procesos de distribución
territorial interna del poder, a la búsqueda de mayor
flexibilidad, mayor proximidad al representado y, a veces,
mayor adecuación a las identidades diversas. Se abre paso el
criterio de la subsidiariedad como guía del reparto del
poder, pero aún se menosprecian los criterios de identidad y
de cohesión de los conjuntos resultantes, sin los que los
riesgos de desintegración social y territorial pueden
aumentar. Las estructuras centralizadas y llenas de
intervencionismos exagerados de cualquier naturaleza, han
pasado a la historia, abriendo la discusión sobre la
dimensión necesaria del Estado para la nueva era. En los
procesos de descentralización hacia arriba y hacia abajo, el
Estado Nación es el verdadero garante de la cohesión de esos
conjuntos. Por eso su papel es imprescindible.
Las funciones mismas de
la política se están alterando. La tendencia al Estado
Mínimo, propia de la ideología neoliberal que impregna al
nuevo conservadurismo, está siendo acompañada del
reforzamiento de los nuevos actores de la que se pretende
sociedad de mercado, más que economía de mercado, en vez de
sociedad democrática. La confusión lleva a un individualismo
desintegrador del espacio público en el que se realizan
valores de convivencia, libertad y cohesión. Se confunde
"valor y precio", menospreciando todo lo que añade valor sin
equivalencia con la regla de oro de la optimización del
beneficio. El espacio de la política se ha estrechado,
perdiendo autonomía para representar intereses generales en
su ámbito de realización histórica, el Estado Nación, y sin
capacidad para responder a los fenómenos que trascienden las
fronteras nacionales como consecuencia de la globalización.
Derechos que se
proclaman universales, como el derecho a la educación o a la
salud, no encuentran la correspondencia de obligaciones
políticas para darles satisfacción. El sector público no
sólo se retira de la actividad productiva directa, que es
aceptable como tendencia, sino que se cuestiona también su
responsabilidad para satisfacer los derechos reconocidos. El
desafío que plantea la sacralización del mercado, en lugar
de su uso al servicio de ciudadanas y ciudadanos, genera
problemas crecientes en los procesos de privatización, sin
reglas, de sectores que atienden a servicios públicos
tradicionales, como las comunicaciones, las
telecomunicaciones, la energía o los transportes,
generadores de igualdad o desigualdad de oportunidades.
El espacio y la función
de la política está cambiando, sin duda, pero el debate no
puede plantearse a la defensiva, ni resignándose a
corrientes de pensamiento que colocan la optimización del
beneficio inmediato en el frontispicio de toda tarea
política. Los poderes públicos deben impulsar una economía
de mercado eficiente, pero además, deben garantizar la
igualdad de oportunidades de las personas, satisfacer sus
derechos universales, defender a los consumidores frente a
las naturales tendencias monopolistas del mercado. Relación
crítica con el capitalismo, que ha definido históricamente
nuestro enfoque político, mejorando la capacidad
redistributiva y, al tiempo, dando sostenibilidad al modelo.
Salir de monopolios públicos, para caer en oligopolios
privados cuyo único fin sea la optimización del beneficio de
las empresas, puede conducir a una grave desigualdad, como
la que se está poniendo de manifiesto en muchos países.
5. Este cambio de era
está impactando con fuerza en la realidad internacional,
poniendo de manifiesto la obsolescencia y la inadecuación de
las estructuras nacidas en la postguerra, adaptadas a los
requerimientos y constricciones de un mundo organizado en
torno a dos bloques hegemónicos. No sólo en materia política
y de seguridad, sino en los terrenos económico-comerciales y
financieros. Los cambios políticos y tecnológicos, los
problemas medioambientales, la afirmación de identidades
culturales, los incontenibles flujos migratorios, frente a
la pérdida de funciones y de autonomía de la política,
provocan desorden e ineficiencia. Los desafíos se hacen cada
vez más globales, la política se reduce al ámbito de lo
local, sin instrumentos para responder a estos retos
universales. Los problemas de gobernabilidad de la
seguridad, de la paz, de la economía y las finanzas, del
medio ambiente, explican la incertidumbre, el aumento de la
desigualdad y del desorden.
Ante las agresiones a la
paz, las limpiezas étnicas, la violación masiva de los
derechos humanos, los conflictos regionales, la estructura
de Naciones Unidas y su Consejo de Seguridad, aparecen como
impotentes, carentes de medios y bloqueadas en sus métodos
de toma de decisiones. La difusión de tecnologías
armamentistas de destrucción masiva, grupos terroristas con
acceso a armamento sofisticado, criminalidad organizada
internacionalmente, con la misma facilidad de acceso a las
nuevas tecnologías, constituyen amenazas para las que no
tenemos instrumentos adecuados en la comunidad
internacional.
En el campo económico y
comercial, los avances de la Organización Mundial del
Comercio no son suficientes para buscar nuevos equilibrios
de los intercambios entre países con distinto nivel de
desarrollo. La solidaridad con los países emergentes o
pobres, no es compatible con las prácticas proteccionistas
que producen este desequilibrio. Tampoco tenemos
instrumentos para evitar la explotación del trabajo infantil
o forzado como las más lacerantes manifestaciones del
"dumping" social, ni para garantizar el respeto a las
propias reglas de juego establecidas. El desfase entre los
principios inspiradores del OIT y sus capacidades de acción
concreta, muestran las carencias de la comunidad
internacional frente a la dimensión social de los problemas.
El programa de Naciones Unidas para el Desarrollo introduce
elementos muy apreciables para medir el desarrollo
sostenible.
En el orden financiero,
después de la crisis del sistema de Bretton Woods, y tras
los espectaculares cambios producidos en los flujos
financieros a corto plazo, el FMI, el Banco Mundial y las
instituciones financieras regionales, se encuentran con
claras insuficiencias para responder a las cada vez más
frecuentes turbulencias financieras. Las divergencias entre
FMI y Banco Mundial, son explicables ante las funciones
diferentes de ambos organismos y la obsolescencia de sus
reglas. La nueva realidad emergente de la globalización,
está cambiando las fronteras tradicionales del desarrollo,
incorporando a regiones otrora preteridas, pero excluyendo
dramáticamente a otras que se hunden en la pobreza.
Para otros desafíos,
como los relacionados con la preservación del medio
ambiente, no sólo no existen instrumentos al nivel en que se
plantean, sino que los que se han intentado poner en marcha
tras las cumbres de Río y Kioto, más que avanzar en las
soluciones revelan las profundas discrepancias entre países
centrales y emergentes, así como la marginación de los
excluidos de la globalización.
Pero la mayor paradoja,
por la dificultad de la respuesta y las contradicciones que
entrañan para todos, es la que se plantea a un mundo que va
haciendo desaparecer las fronteras y las barreras para la
información, el comercio, las inversiones, los movimientos
de capital y el intercambio de servicios, mientras que
levanta murallas a la libertad de movimientos de los seres
humanos. ¡Todo libre para moverse, salvo las personas,
prisioneras de su propio destino en su propia tierra, aunque
le depare un porvenir intolerable, indigno!. No obstante,
los flujos migratorios, a pesar de las reacciones xenófobas
que recorren el mundo, se están mostrando incontenibles sin
que seamos capaces de prever sus consecuencias, para
nuestras sociedades y para las sociedades de origen. Más del
50 por ciento de las migraciones son femeninas y las
provocadas por razones de persecución política,
etnico-cultural o religiosa, siguen aumentando.
La cuestión clave de la
nueva era que se abre es, por ello, la gobernabilidad, y la
posibilidad de hacer sostenible, en el sentido social,
económico, medioambiental, humano en fin, el modelo de lo
que se ha dado en llamar sociedad de la información o, más
pomposamente, del conocimiento.
Nuestro compromiso:
EL PROGRESO GLOBAL
En la historia de las
organizaciones que integran hoy, en su momento de mayor
expansión, la Internacional Socialista, la convergencia en
cuanto a los objetivos de conquistar sociedades más justas,
más libres e igualitarias, más cohesionadas, ha convivido
con una gran variedad de tradiciones, y versatilidad
respecto de los instrumentos y los modelos de actuación,
para avanzar hacia esos objetivos definidos por nuestro
compromiso con la solidaridad. Nada más natural en una
corriente histórica plural y democrática, respetuosa con las
identidades de cada país, con las prioridades inmediatas de
cada momento histórico en las sociedades nacionales.
Al mismo tiempo, el
socialismo democrático, el laborismo y otras corrientes del
pensamiento progresista, han sido capaces, en cada época de
la historia, de renovarse, de iniciar nuevas etapas, como
nos recordaba Willy Brandt. En Europa, por ejemplo, la
socialdemocracia ha demostrado su potencia reformadora, al
tiempo que se puso de manifiesto el fracaso del llamado
"socialismo real". La capacidad de tener nuevos inicios del
pensamiento socialdemócrata, nace de su voluntad de
justicia, fundada en una exigencia de libertad. Esta
convicción nos separó y enfrentó con el pensamiento
totalizador del comunismo, que mostró su incompatibilidad
con la libertad de los ciudadanos. El carácter reformador,
actualizador de los instrumentos para conseguir nuestras
aspiraciones, nos define frente a las alternativas cerradas,
que confunden, sistemáticamente, instrumentos y objetivos,
como si de una religión o un sistema inamovible se tratara.
Por eso respetamos y
valoramos los diferentes esfuerzos de renovación de ideas
que se están produciendo en distintos foros de debate, por
partidos miembros de la Internacional Socialista, o por
otras formaciones progresistas y en diversas regiones del
mundo. Constituyen alternativas valiosas para abrir nuevos
caminos al pensamiento y a la acción, frente al nuevo
conservadurismo. Hay muchos elementos de convergencia, no
sólo en los objetivos solidarios en las sociedades
nacionales y en la comunidad internacional, sino en la
comprensión del fenómeno de cambio de era que estamos
viviendo con la globalización de la información, de la
economía y las finanzas o con la liquidación de la política
de bloques, que nos exige reformas en nuestros instrumentos
de acción política, en los propios contenidos de las
políticas a aplicar. Y, si esto es así, también debe
constituir un elemento de convergencia el respeto por la
diversidad cultural de cada una de las sociedades, que
muestran la versatilidad de los seres humanos y de las
comunidades en que se integran, para avanzar hacia objetivos
compartidos. Esta pluralidad, puede y debe confrontarse en
un diálogo abierto y respetuoso, cuyo fruto dará lugar a un
mestizaje de experiencias que pueden transferirse de una
cultura a otra.
Lo que nos une es lo
esencial: la solidaridad para mejorar las condiciones de
vida de los seres humanos, para conseguir una mayor justicia
social, partiendo del respeto universal a los derechos
humanos, la igualdad de género y las libertades individuales
y colectivas que fundamentan la vida democrática.
Lo que, en apariencia,
parece separarnos, se convierte con este enfoque abierto y
dialogante, en espacio de enriquecimiento que nos permitirá
compartir la interdependencia y actuar sobre ella para
avanzar en nuestros objetivos.
El debate iniciado, que
debemos continuar, nos compromete con una oferta global y
renovada de objetivos para enfrentar los desafíos de la
nueva era, aprovechando las inmensas ventanas de oportunidad
que se abren, y minimizando los riesgos que entraña si
quedan en manos del individualismo disgregador del
fundamentalismo neoliberal.
Debate abierto con
participación de sectores comprometidos con la ciencia y la
innovación, con la defensa de la naturaleza, con nuevos
emprendedores en la economía o en la cultura, con ciudadanos
y ciudadanas responsables de su entorno social próximo o
distante. Este debate debería ser valiente en el análisis de
nuevas realidades que revolucionan el conocimiento y en la
renovación de instrumentos de acción.
La solidaridad, como uno
de los valores que definen nuestra identidad, ha guiado
siempre las propuestas de redistribución, sea de bienes
materiales, de educación, de sanidad o de seguridad en la
vejez. Orienta nuestra lucha por la igualdad de géneros, así
como contra la discriminación por razones de origen,
creencias o de cualquier tipo.
Sin embargo, conocemos
los peligros de pasividad que pueden producirse con las
políticas de redistribución, si el reconocimiento y la
satisfacción de derechos universales, no van acompañados de
la responsabilidad cívica; así como conocemos las
dificultades de sostenibilidad de políticas solidarias en
las sociedades con sólidos sistemas de bienestar, sometidas
a presiones antirredistributivas. Por eso apelamos al
equilibrio entre derechos y responsabilidades, entre
políticas activas que avancen en la inclusión del mayor
número de personas y políticas universales que eviten el
olvido de los excluidos.
Nuestra propuesta
incorpora la redistribución de la capacidad emprendedora, el
fomento de la creatividad personal, de la iniciativa con
riesgo, por el valor que añade socialmente, mediante la
creación de riqueza y oportunidades para otros. El impulso
del espíritu emprendedor en materia económica, social y
cultural, es una nueva dimensión de la solidaridad que debe
cambiar las actitudes sociales ante la gente emprendedora,
modificar los sistemas educativos y la formación, generando
una nueva cultura capaz de premiar la iniciativa y la
creatividad de los individuos. La redistribución de la
capacidad emprendedora, vista en este sentido cooperativo,
es una forma de expresar la solidaridad, que contrasta con
el fomento del individualismo mercenario, descomprometido
con la sociedad.
El 2000 es para nosotros
el arranque de un renovado compromiso para dar dimensión
social a la globalización en curso, para ponerla al servicio
de los seres humanos. Al comienzo de este nuevo milenio,
presentaremos una plataforma global de nuestras
coincidencias y compromisos ante los desafíos de la nueva
era. La completaremos con aportaciones regionales,
coherentes con la misma, (europeas, latinoamericanas,
africanas u otras) que den cabida a las prioridades que les
sean propias para enfrentar estos retos. Con estas bases,
desarrollaremos programas nacionales, adaptados a nuestras
identidades propias, abiertas al intercambio de experiencias
útiles para los otros.
Queremos promover y
mejorar la democracia representativa y la participación
cívica. Es fundamental para la sociedad en su conjunto que
hombres y mujeres tengan una participación más igualitaria y
compartan responsabilidades tanto en la vida pública como
privada, de tal forma que la perspectiva de género se
incorpore en todas las políticas, en todos los niveles y
escenarios.
Acogemos con
satisfacción el trabajo desarrollado en estos tres años por
la Comisión Progreso Global. Los frutos de estos debates, se
transformarán en propuestas de acción.
Esta es la Internacional
que queremos. Coincidente en valores y objetivos globales.
Diversa y abierta en los instrumentos para alcanzar estos
objetivos, de acuerdo con las prioridades inmediatas y las
identidades de las sociedades a las que nos dirigimos.
Una organización
dialogante. Cada vez más universal. Con espíritu solidario
para luchar contra la injusticia y la desigualdad. Activa en
los foros internacionales, para proponer las reformas que la
nueva era de la globalización está exigiendo.
Por ello, reunidos en
París, en los albores del nuevo siglo,
DECLARAMOS
La primacía de la
política para dar respuesta a los desafíos de la
globalización. La recuperación de su autonomía para
representar los intereses generales, expresados
soberanamente por los ciudadanos y las ciudadanas, en
democracias que abarquen a todos los países del planeta.
Nuestra tarea consiste en impulsar respuestas y acciones
frente a los desafíos de nuestro tiempo, para lograr más
libertad, más igualdad, más solidaridad.
La ciudadanía
comprometida, frente al fundamentalismo excluyente o al que
propone abandonarlo todo a la "mano invisible" del mercado,
es nuestra apuesta y nuestra oferta de renovación y
fortalecimiento de los sistemas democráticos. Queremos
sociedades libres, con personas responsables de su destino
individual y colectivo, respetuosos de la diversidad,
capaces de abrir nuevos espacios que creen valor para las
comunidades en las que viven y para la sociedad universal.
Nos dirigimos a los que
sienten la solidaridad como el más noble de los impulsos del
ser humano, para luchar contra las desigualdades, para
ofrecer oportunidades nuevas a través de la educación, el
empleo, la lucha contra la pobreza y el hambre. Nos
dirigimos a hombres y mujeres de distintas culturas, de
distintas regiones del mundo, para que se comprometan en
tareas comunes, con objetivos compartidos, fortaleciendo una
gran corriente de esperanza en las posibilidades del ser
humano ante la nueva era que se abre.
Somos conscientes de que
nunca como hoy existieron los medios para resolver estos
grandes retos. La inteligencia puede abarcarlos. Depende de
nuestra voluntad, de nuestra capacidad de compromiso
alcanzar los objetivos, poniendo los avances tecnológicos al
servicio del ser humano.
El socialismo
democrático ha nacido y se ha desarrollado, en una
permanente relación crítica con el capitalismo. La lucha por
la justicia social, por la igualdad de género, contra la
discriminación, por las mejoras en la redistribución, que
definen la solidaridad, explican esa relación crítica como
razón de ser. Respetamos y defendemos la función creadora de
riqueza del mercado. La democracia siempre se ha
desarrollado en sociedades de libre empresa, pero no pedimos
al mercado lo que no puede ofrecer. Constatamos que hay
sociedades con mercado y sistemas autoritarios, en tanto que
no se dan sociedades democráticas sin mercado. Por eso no
confundimos mercado y democracia. Hay valor para los seres
humanos, más allá y al margen de las reglas de optimización
del beneficio. La educación, la salud, la cultura, añaden
valor, ayudando a un buen funcionamiento de la economía
abierta y haciéndola más sostenible en el tiempo, pero no
son generalizables mediante las reglas del mercado. Esta
relación crítica, que ha facilitado la redistribución de
bienes y de oportunidades, ha hecho más fuertes en la
competencia y más estables a las sociedades en las que el
socialismo democrático ha influido decisivamente.
Es tarea de la política,
es decir, del compromiso cívico democrático para ordenar la
convivencia, hacer real la libertad, ofreciendo igualdad de
oportunidades más allá de las fronteras del mercado. Afecta
a todas las sociedades, en cualquier nivel de desarrollo,
porque forma parte de las conquistas de cohesión social por
venir o de la reforma y mejora de las ya adquiridas.
La gobernabilidad de la
globalización, nos exige la mejora y el fortalecimiento de
la política, de la calidad y extensión de la participación
democrática, en todos los niveles, desde el local, pasando
por el nacional o los espacios regionales que agrupan a las
naciones, hasta la comunidad internacional. Un mundo sin
compromisos y sin reglas, tiende a la desigualdad, a la
fractura. Combatiremos con decisión esta visión que está
generando desconfianza e incertidumbre, desigualdad y
conflicto en todos los rincones del planeta.
Apostamos por políticas
económicas sanas, equilibradas, capaces de generar
crecimiento y empleo. Política monetaria y económica forman
un tandem al servicio del crecimiento estable y del empleo.
Combatimos el reduccionismo monetarista.
Es responsabilidad de la
política fomentar la actividad, aumentar la capacidad de
competir de las empresas, evitando las tendencias
monopolísticas propias del desarrollo del mercado y
mejorando la posición de los consumidores.
Es responsabilidad de la
política satisfacer derechos universales a la educación, a
la asistencia sanitaria, a la atención en la vejez, a la
protección de la infancia y la juventud. La dignidad de las
sociedades se mide por su capacidad de comprometerse con
esas metas que crean igualdad de derechos básicos.
Es responsabilidad de la
política que los servicios públicos de transporte, energía,
comunicaciones, telecomunicaciones, sean cuales sean sus
métodos de gestión o su propiedad, cumplan los
requerimientos de igualar las oportunidades de las
ciudadanas y los ciudadanos en el territorio, evitando las
concentraciones insoportables de población en grandes urbes
que generan nuevos "guetos" de marginalidad y exclusión.
Es responsabilidad de la
política preservar el medio ambiente, como un valor
intergeneracional que exige solidaridad con los que van a
ocupar nuestro lugar mañana.
Es responsabilidad de la
política defender los derechos humanos en todos los rincones
del mundo, frente a las violaciones que pretenden ocultarse
en diferencias culturales, pero son sólo manifestaciones
aberrantes de la lucha de poder. La igualdad de derechos
entre los géneros no es un problema cultural, es un
requerimiento básico del ser humano. La integridad física y
moral, es un derecho básico y universal, como la libertad
individual y colectiva.
Es responsabilidad de la
política avanzar en un nuevo orden internacional que
garantice la paz y la seguridad, respetando la diversidad de
identidades, aprendiendo a compartir valores diferentes pero
respetuosos con los derechos humanos universales.
Coherentes con estos
propósitos, manifestamos las siguientes prioridades de
nuestro Proyecto de Progreso Global:
1. La lucha contra la
pobreza y el hambre, incluida la pobreza de capacidad
inherente al subdesarrollo, contra la explotación y la
desigualdad de acceso a los recursos económicos y
tecnológicos mundiales. El año 2000 debe ser el decisivo
para anular la deuda de los países más pobres. Los
compromisos del Grupo de los 7, tienen que llevarse a la
práctica, para que la anulación de la deuda se convierta en
relanzamiento de las inversiones en los países concernidos.
Inversiones en materia agroalimentaria, de infraestructuras
civiles fundamentales, de formación y educación. En la lucha
contra la pobreza debemos desarrollar estrategias
específicas para las mujeres, como la gran mayoría que
soporta las peores condiciones, agravada con el fenómeno de
la globalización. La autonomía de las mujeres es esencial
para erradicar la pobreza. Deben irrumpir en la corriente de
desarrollo como participantes activas y no como meras
receptoras de programas.
2. La lucha por los
derechos humanos y la democracia. Defendemos la necesidad de
avanzar en el "derecho de injerencia por razones
humanitarias". Ninguna razón de Estado, ninguna pretendida
diferencia de identidad, puede justificar el genocidio o la
limpieza étnica, ni amparar la impunidad de los dictadores
que violan sistemáticamente derechos humanos universales. La
pobreza y el estado de necesidad no serán superados al
margen del respeto a los derechos humanos y de la extensión
de la democracia. Con harta frecuencia, y no por azar, los
países pobres, abandonados a la miseria y a la marginación
del desarrollo, soportan dictaduras, represión y tortura,
cuando no genocidios, limpiezas étnicas y deportaciones en
masa, unidas a la discriminación de la mujer. Derechos
humanos y expansión de la democracia, en todos los rincones
del planeta y en todas las identidades culturales, son
aspiraciones fundamentales de la izquierda que
representamos. Los derechos humanos de las mujeres son una
parte inalienable, integral e indivisible de los derechos
humanos universales. Su reconocimiento y completa puesta en
marcha, exige combatir los obstáculos para la plena libertad
y dignidad de las mismas, luchar contra la violencia, el
tráfico y la prostitución forzada, promover la libre
elección en materia de reproducción y salud, así como
atender los problemas específicos sobre migraciones
femeninas.
3. La construcción de la
paz y la seguridad, a través de un nuevo orden
internacional, con instrumentos multilaterales eficientes de
prevención, gestión y arreglo de conflictos, es prioritaria
para avanzar en la gobernabilidad de la nueva era de la
globalización. Proponemos la reforma de la ONU y de su
Consejo de Seguridad, mediante el aumento del número de sus
componentes. Esto contribuiría a democratizar Naciones
Unidas, haciendo más representativo de la nueva realidad al
Consejo de Seguridad.
4. Aspiramos a un orden
económico y financiero global, que exige la adaptación de
los organismos nacidos hace 50 años, el FMI y el Banco
Mundial, entre otros, así como el desarrollo de la
Organización Mundial del Comercio. Todos han sido
sobrepasados por las nuevas realidades y necesitan nuevos
instrumentos de prevención y de acción. La inexistencia de
un marco regulatorio para los impresionantes movimientos de
capital a corto plazo, hace imprevisibles estos flujos,
provocando continuas crisis financieras y contagios
irrefrenables al sistema. Sin transparencia y control,
perdurando paraísos fiscales, será cada día más difícil
luchar contra el blanqueo de capitales, procedente de
prácticas corruptas enraizadas en algunos países y de flujos
contaminados con origen en la criminalidad organizada
internacionalmente. El campo de la paz internacional, de la
seguridad, tiene hoy una dimensión económica y financiera
que tenemos que enfrentar con valentía desde las posiciones
progresistas. Por eso es urgente asegurar una mayor
transparencia del sistema financiero internacional; imponer
reglas de prudencia a todas las instituciones financieras,
incluso a los fondos de inversión especulativos y a las
entidades extraterritoriales; abolir los paraísos fiscales;
limitar los efectos desestabilizadores de la circulación de
flujos especulativos a corto plazo hacia los países
emergentes, mediante una apertura más ordenada de sus
mercados de capitales; involucrar a las entidades
prestamistas en la resolución de las crisis que
contribuyeron a provocar; luchar contra el crimen
organizado, el tráfico internacional de drogas y el blanqueo
de dinero. Se debe instituir, bajo los auspicios de la ONU,
un Consejo de Seguridad Económica.
5. La protección activa
del ecosistema, que por definición no conoce los límites
fronterizos de las sociedades humanas, nos exige respuestas
rápidas y continuadas en el tiempo. Fomentar tecnologías
preservadoras de los equilibrios naturales, está hoy al
alcance de nuestras manos. Al mismo tiempo se plantean
problemas éticos, jurídicos y culturales de enorme
importancia ligados a los avances biotecnológicos que exigen
atención y regulación, como advierten con insistencia los
tecnólogos preocupados por las consecuencias para la
sociedad de un mal uso de los avances científicos. La
revolución tecnológica, en su neutralidad intrínseca, ofrece
posibilidades inéditas en beneficio del ser humano, al
tiempo que genera amenazas a su intimidad, a su dignidad e
integridad, a su identidad cultural, como valores que
tenemos la obligación de salvaguardar. Las agresiones a la
convivencia en paz, adquieren hoy formas nuevas, de erosión
de la naturaleza y de falta de respeto a la diversidad
cultural. Asimismo, la comprensión de estos problemas y las
acciones encaminadas a resolverlos desde el respeto y la
consideración de que constituyen una riqueza plural
compartida, son las guías de nuestra acción.
6. El regionalismo
abierto se abre paso en la comunidad internacional. Europa
camina decididamente hacia la conformación de una realidad
económica y monetaria, pero también política y civilizatoria.
Europa anticipa un modelo de regionalismo abierto que
defendemos como una forma más adecuada de enfrentar los
desafíos a los que no pueden responder eficientemente los
Estados Nacionales. Soberanía compartida regionalmente que
mejora la posición de los Estados que se integran. Otros
ensayos de regionalismo abierto, con distintos grados de
desarrollo, se están poniendo en marcha en distintos lugares
del mundo, desde Latinoamérica a Africa, pasando por Asia.
Estamos convencidos de que, tras la bipolaridad propia de la
política de bloques, el nuevo orden internacional, en todos
los frentes que hemos propuesto, será más fácil a través de
la articulación de espacios regionales, supranacionales, con
intereses e identidades civilizatorias comunes, dentro de la
diversidad cultural. Estas formaciones no sólo desarrollarán
con más eficacia sus economías y sus intercambios
comerciales intrarregionales y con el resto del mundo, sino
que podrán representar equilibrios nuevos en la política de
paz y de seguridad, de defensa del medio ambiente, de
transferencias de nuevas tecnologías. Las organizaciones que
integran la Internacional Socialista, asumen y propugnan
estos desarrollos regionales que pueden fortalecer el papel
de Estados Nacionales con mayor eficacia que el puro
multilateralismo.
Esas respuestas
pertenecen al dominio de la política. Nuestra obligación es
comprometernos, como responsables políticos, con esa tarea,
transformando la incertidumbre en esperanza, aprovechando
las inmensas ventajas de la revolución tecnológica, de la
liquidación del equilibrio del terror, y minimizando los
riesgos inherentes a todo cambio de era.
Reivindicar el papel
central de la política, renovarla en sus funciones y
procedimientos, aceptando la versatilidad de los
instrumentos y afirmando el compromiso con los objetivos de
mayor igualdad, mayor justicia y libertad, en cada una de
nuestras sociedades nacionales y en la sociedad humana, es
el Progreso Global que proponemos ante los desafíos de la
globalización.
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