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PERIODICO LA OPINION

Organo Oficial de la Coordinadora Socialdemocrata

Diciembre de 1992

 

En esta entrega:

 

Enrique Baloyra : De la euforia neoliberal al realismo socialdemocrata...

William Smith : Democracia y reestructuracion liberal en America Latina...

 Maria Cristina Herrera: Catolicismo y Revolucion en Cuba

 

 

De la Euforia Neo-Liberal al Realismo Socialdemócrata

por Enrique Baloyra Herp, PhD.

Erróneamente se considera la caída del muro de Berlín, en Noviembre de 1989, y el fallido intento de restauración golpista bolchevique de Agosto de 1991, como el punto final del estalinismo. A partir de esas fechas se han hecho todo tipo de vaticinios sobre el final de la historia, sobre la derrota definitiva de la izquierda y sobre el triunfo de la democracia capitalista. Se pretende con esto subrayar que hay que enterrar todas las aspiraciones a democratizar el capitalismo real, que es imposible construir una sociedad solidaria y que hay que someterse a la lógica del mercado.

Muy bien pero, si de fechas se trata, el estalinismo fue deshauciado en el momento en que Nikita Khrushchev pronunció su celebrado y secreto discurso ante los atónitos participantes del XX Congreso del Partido Comunista Ruso. Quedaba por levantar el acta de defunción pero esto requería la elaboración y puesta en práctica de un modelo alternativo que, dentro de la ortodoxia socialista estatista, se buscó a través de un supuesto regreso a las "raíces leninistas". Pero no había tampoco respuesta dentro del leninismo y casi dos generaciones fueron testigos de un patético peregrinaje que llevó al leninismo a los parajes más inusitados, no sólo en el orden geográfico sino en el ideológico. Hacía falta romper el esquema de estado-partido, ponerle coto a la planificación central y resuscitar a la sociedad civil. Y es que si no hay mercados los precios no pueden cumplir con su función indicativa al no existir condiciones de escasez relativa y al programarse toda la producción en base a metas ficticias. Inevitablemente, esto lleva a malgastar la mayor parte del esfuerzo económico de la sociedad. Y ausente la posibilidad de dejar de serlo, de perder el poder frente a una oposición autónoma, un gobierno no tiene por qué ser ni responsable ni representativo. Consistentemente el resultado leninista fue una economía de escasez, una cultura de disimulo y una sociedad de mediocridad alimentadas por un discurso enrarecido. He aquí las raíces del inevitable colapso leninista-estalinista.

De modo que a partir de ese socialismo estatista no se puede llegar a la democracia. Pero no siempre se llega a la democracia a partir de todas las distintas versiones del capitalismo. ¿Dónde nos deja parados todo esto a los social demócratas en el umbral del siglo veintiuno?

No carecemos de convicciones. Hemos recibido importantes lecciones que los profetas triunfalistas del neo-liberalismo pretenden ignorar. Primero, no existe ninguna sociedad capitalista contemporánea en la que el estado no sea poderoso y en la que existan mercados plenamente competitivos. Segundo, no existen tampoco en el ámbito del comercio internacional mercados libres plenamente competitivos. Tercero, incluyendo al de la señora Thatcher, ningún gobierno contemporáneo de los países capitalistas avanzados se ha atrevido a restructurar la economía política a partir de los esquemas inflexibles de estabilización económica que se le están exigiendo actualmente a los países post-leninistas de Europa Central y de la antigua Unión Soviética, y a los de la América Latina. Finalmente, en el orden puramente teórico, el modelo clásico neo-liberal no ha podido explicar el fenómeno del crecimiento económico sin incluir factores ajenos al mercado como la innovación tecnológica, el crecimiento demográfico y las mejoras de nivel de salud y de educación de la fuerza laboral.

En resumen los socialdemócratas sabemos que lo que se está proponiendo para sustituir al estatismo estalinista en el Este y al estatismo populista en América Latina no ha existido, ni existe, ni existirá en los países capitalistas avanzados. Sabemos también que el capitalismo ha llevado a la democracia no por altruísmo sino para segurar su supervivencia y que las mejoras indiscutibles que se han logrado en materia de igualdad y de progreso social se deben primordialmente al haberse puesto en práctica, respondiendo a presiones de la mayoría organizada en grupos de intereses, esquemas inspirados en la social democracia.

De manera que lo que existe en los países desarrollados de "economía mixta" es un contrato social basado en un modo de producción capitalista con un modo de distribución socialista.

No es razonable pensar que en el Este o en el Sur, en el orden político o en el económico, se pueda prescindir de la metodología y de los propósitos social demócratas para defender la libertad y consolidar la democracia. No es razonable esperar que la mayoría renuncie voluntariamente a la equidad y a la solidaridad, ni en Cuba ni en Estados Unidos, para poner en práctica un capitalismo primitivo ya superado. No es desdeñable el precedente de sociedades en las que el crecimiento "hacia afuera" ha sido precedido por medidas redistributivas en materia de educación y de tenencia de tierras. Y me refiero aquí nada más y nada menos que a Taiwán y a Corea del Sur, a quienes vulgar y superficialmente se les atribuye un crecimiento auspiciado por la manía de privatizarlo todo. No es prudente pensar que sin ese radicalismo de los social demócratas pueda ser imperecedera la libertad. Si de realismo se trata hay que ser social demócrata.

Enrique Baloyra-Herp es profesor de Política Comparada en la Escuela de Postgrado de Estudios Internacionales de la Universidad de Miami. Este es un trabajo inspirado en un ensayo sobre las crisis del leninismo que aparecerá en una antología, Conflict and Change in Cuba (University of New Mexico Press), editada en colaboración con varios colegas.

DEMOCRACIA Y REESTRUCTURACION NEOLIBERAL EN AMERICA LATINA

por William Smith

Las nuevas democracias latinoamericanas enfrentan una encrucijada crítica en los años noventa. Los nuevos regímenes democráticos han logrado una cierta estabilidad institucional y consolidación política, pero confrontan serios desafíos económicos. Las políticas neoliberales patrocinadas por el Fondo Monetario International (FMI), el Banco Mundial y la administración Bush y conocidas por el llamado "Consenso de Washington" han tenido un éxito modesto en controlar la inflación, imponer mayor disciplina fiscal y generar superávits comerciales. Sin embargo, para la mayoría de los países latinoamericanos el crecimiento estable y sostenido permanece como una meta futura. La caída del ingreso per cápita está exacerbando los patrones de desigualdad y concentración de riqueza típicos de la región.

¿Cuál es la relación entre los procesos de transición y consolidación democráticas y los proyectos neoliberales de reestructuración económica? ¿Ayudan o entorpecen a esa consolidación? ¿Qué democracia nos traerán los próximos años?

La pujanza de la democracia liberal responde a la emergencia de una economía mundial cada vez más interdependiente; al fin de la Guerra Fría; al derrumbe del socialismo burocrático en los países del Este y el fracaso de las experiencias nacional-populistas en América Latina; a los procesos de desintegración política y económica de los bloques existentes y su posterior rearticulación sobre nuevas bases; y a la relevancia de nuevos temas como seguridad nacional, medio ambiente, tecnología y salud pública, cuya solución requiere una gerencia regional cuando no global. En este contexto, las políticas neoliberales de ajuste y reforma estructural son vistas como necesarias y hasta imprescindibles para el desarrollo de economías más eficientes, capaces de lograr una mejor inserción en la económico internacional.

Así, en un discurso ideológico que aspira a predominar y que otros califican de "neoconservador", pero que yo llamo "neoliberal", la democracia representativa y la economía de mercado son vistas como fenómenos simbióticos y como un binomio inseparable. No obstante lo atractivo y hasta seductor de este argumento, yo discrepo. Creo que esta ortodoxia neoliberal crea contradicciones entre el deseo de profundizar la democracia y la necesidad de restructurar la economía para agilizar el mercado.

Lógica macroeconómica, actores colectivos y lucha distributiva.

En muchos países la "década perdida" de los ochenta trajo una desarticulación de la economía, especialmente del sector industrial; fenómenos colaterales de desempleo y sub-empleo masivos y un ensanchamiento del mercado informal; la caída en la tasa de inversión pública y privada; y un escenso del ingreso per cápita a los niveles de los años 60 ó 70. Todos estos cambios son aspectos del proceso de ajuste externo y del drenaje y de la transferencia neta de capitales del Sur para el Norte.

En los noventa, aún los grandes superávit comerciales generados por algunos países han sido insuficientes para cubrir el déficit de balanza de pagos, con una fuerte acumulación de deuda externa adicional como resultado. Esta situación se complica por la casi nula entrada de nuevas inversiones extranjeras, por la caída de los precios de exportación de las materias primas y por la fuga de capitales. La ironía es que el propio Estado financia esta transferencia de capitales hacia el exterior, al responsabilizarse de aproximadamente el 90 por ciento del servicio de deuda externa. Esta transferencia (promedio de 25-30 mil millones anuales y más de 160 mil millones durante los 80) es un regalo al sector privado. El subsidio al capital privado, junto con un descontrolado déficit fiscal, provoca un desequilibrio que obliga a los gobiernos a endeudarse aún más, a muy corto plazo y altas tasas de interés.

Las altísimas tasas de inflación y las rápidas y grandes fluctuaciones en el ingreso real de diferentes clases y sectores sociales son parte de la inestabilidad macroeconómica. Pero la aceleración de la inflación no es sólo explicable en términos económicos. La resistencia política del empresariado, de los exportadores de productos agrícolas, de la clase media y de la clase obrera organizada a cualquier recorte de sus ingresos son la causa principal tanto de la inflación inercial como de su aceleración. Y esta resistencia genera niveles inusitados de conflictos distributivos.

En situaciones donde existe una transferencia neta de capitales hacia el exterior y fuertes presiones inflacionarias, los gobiernos no sólo tienen que manejar los conflictos distributivos normales de suma-cero provocados por los planes de estabilización sino que, también, y simultáneamente, tienen que imponer costos a casi todo el mundo, no sólo a los pobres y a los sectores no organizados, sino también a los ricos y a los grupos económicos dominantes. Este patrón de conflicto distributivo genera incertidumbre sobre la política macroeconómica y la propia estabilidad del régimen democrático--aún frágil y no consolidado--ensombreciendo las expectativas de las élites gubernamentales, los dirigentes políticos, los intereses empresariales y los sindicales. Entonces todos prefieren rechazar la cooperación y optan por el conflicto y la confrontación. Claro que, si estos actores colectivos adoptan la confrontación, aún los grupos ganadores--que de alguna manera lucran a corto plazo--corren riesgo de convertirse en perdedores. El resultado de este juego es aumentar la inflación, profundizar las desigualdades sociales y provocar una espiral de conflictos socio-políticos cada vez más peligrosos al enfrentar al gobierno con toda la sociedad.

Caminos Diferentes Hacia el Neoliberalismo

La sobrevivencia y la consolidación de la democracia dependerán en gran medida de la capacidad de los políticos y policymakers para desarmar la lógica perversa de esa lucha distributiva a través de prácticas cotidianas y reglas consensuales ancladas en fuertes instituciones sociales y políticas. En teoría, arreglos institucionales tales como pactos políticos y sociales ayudan a contener el conflicto promoviendo mayor cooperación y un reparto más equitativo del peso de los ajustes económicos inevitables. Pero si estos arreglos institucionales no son creadas o si les falta legitimidad, el resultado puede ser el llamado free-riding en el que élites políticas, empresariales y sindicales harán todo lo posible por transferir los costos del ajuste económico a los sectores menos organizados, y especialmente, al Estado. Esto es precisamente lo que sucedió en Argentina y Brasil, donde los pactos sociales y la concertación neocorporatista de la política macroeconómica entre el Estado, los empresarios y los sindicatos han fracasado miserablemente. Dada la pobre institucionalización política, los partidos políticos y los mecanismos parlamentarios de representación de intereses sociales no han podido legitimar políticas económicas heterodoxas y reformistas. Esta debilidad institucional ha llevado, tarde o temprano, a salidas ortodoxas y conservadoras en la política económica y al debilitamiento del régimen democrático y a serios problemas de gobernabilidad.

En Chile el neoliberalismo fue impuesto bajo la dictadura de Pinochet por la fuerza de las armas. A pesar de este origen autoritario, y no obstante la representación de fuerzas de centro- izquierda en el gobierno, el modelo neoliberal no ha cambiado fundamentalmente con la transición a la democracia. En México, el gobierno de Carlos Salinas de Gortari ha roto con muchas de las prácticas populistas tradicionales del Partido Revolucionario Institucional (PRI) y ha convertido la renegociación de la deuda externa, el equilibrio macroeconómico y la firma del Tratado de Libre Comercio (TLC) en sus prioridades fundamentales. En Venezuela el promotor de estas reformas económicas ha sido nada menos que Carlos Andrés Pérez, antiguo dirigente reformista de Acción Democrática. En los países andinos el neoliberalismo económico ha sido impulsado por Paz Estensoro y Paz Zamora, en Bolivia; por Febres Cordero, en Ecuador; y por Balaúnde Terry y Fujimori, en Perú-- junto con una especie de presidencialismo autoritario. En todos estos casos hay un creciente divorcio entre los mecanismos políticos de consenso y los mecanismos de formulación e implementación de estrategias macroeconómicas. De hecho, algunos analistas han homologado estos estilos autocráticos con el Consenso de Washington, afirmando que las reformas neoliberales tienden a erosionar las instituciones representativas, a personalizar el gobierno y a generar un clima en el cual la política se convierte en una búsqueda de fixes [soluciones mágicas sin dolor]; una especie de política voodoo. El ejemplo más reciente es el "autogolpe" de Fujimori en el Perú. Privatización del Estado y Achicamiento de la Democracia

De lo dicho hasta ahora se pueden extraer algunas conclusiones. Primero, a largo plazo y desde la óptica de la teoría neoclásica, las dos transiciones--hacia la democracia y hacia la reconversión económica--pueden ser compatibles y hasta apoyarse mutuamente. Pero en muchos países latinoamericanos lo que salta a la vista son las tensiones y las exigencias contradictorias entre democratización y liberalización económica. La superación de estas tensiones y el avance hacia la consolidación democrática, en un mundo cada vez más interdependiente y atento a la lógica del mercado, será sin duda el desafío de los próximos años.

Segundo, hasta ahora la reestructuración económica ha fortalecido a los sectores más poderosos del capital privado a expensas de un debilitamiento del Estado. En el contexto latinoamericano este proceso también lleva hacia un peligroso achicamiento y elitización de la propia democracia. Los intereses locales y transnacionales que controlan el ahorro nacional (especialmente la liquidez monetaria) han ido adquiriendo un tremendo poder de veto sobre las políticas macroeconómicas de estas democracias frágiles. La razón es que para pagar los servicios de la deuda externa (y también para financiar la fuga de capitales hacia el exterior) el Estado tiene que comprar las divisas generadas por el superávit comercial. Los dueños del superávit comercial son los grandes exportadores, junto con otros intereses empresariales que logran captar una parte de esas divisas. Ambos pueden utilizar la especulación financiera, las "huelgas del capital" y la amenaza de "dolarizar" el ahorro nacional para contrarrestar la política estatal. Ambito Financiero, de Buenos Aires, ha bautizado estas tácticas como "golpes del mercado". Estos golpes llevaron al fracaso al Plan Primavera del gobierno radical de Raúl Alfonsín en Febrero de 1989 y también al fracaso del primer plan económico (el "Plan BB") de Carlos Menem a finales de 1989 y comienzos de 1990. Según Ambito Financiero, estos golpes se han convertido en el método preferido de sacar ministros o funcionarios que no agradan al "mercado democrático" y son el mecanismo más eficaz para forzar cambios en la orientación o el contenido de las políticas económicas. Pero no olvidemos que los ciclos hiperinflacionarios de Argentina, Brasil, Perú y de otros países (con tasas mensuales de inflación llegando al 100 ó al 200 por ciento en la Argentina) aceleraron la puesta en práctica de estas tácticas, que modifican profundamente las relaciones de poder en la sociedad civil y entre el sector privado y el Estado.

Tercero, los proyectos neoliberales plantean una interesante paradoja, creando una evidente contradicción entre las recetas ortodoxas neoclásicas, que exigen un achicamiento del Estado, y la asignación al mismo aparato estatal (con nuevo personal en el equipo económico) de nuevos papeles y responsabilidades en la implementación de la política macroeconómica. Estos nuevos desempeños--para los cuales no hay una legitimidad democrática establecida--pueden ser muy coercitivos e intervencionistas. Por ejemplo, modificando profundamente el mercado laboral y la reconversión industrial, privilegiando algunas firmas y castigando otras, y exigiendo mucho más poder para las élites estatales y también mayor autonomía, frente a las clases populares y a los propios intereses empresariales.

Cuarto, la progresiva subordinación de las políticas públicas a la lógica del mercado tiene como corolario la erosión de la autonomía y la capacidad de iniciativa del parlamento, de los partidos y de los políticos elegidos por el voto popular. Este divorcio entre mecanismos de consenso y legitimidad, de un lado, y de los mecanismos de implementación de políticas, del otro, implica una masiva privatización del Estado. ¿Será capaz el sector privado de aprovechar esto para promover una ola de inversiones y el ansiado despegue económico? No necesariamente. En casos exitosos de reformas económicas, como México y Chile, sectores empresariales han respondido positivamente incrementando sus inversiones e, inclusive, trayendo sus capitales fugados de vuelta al país. Pero las experiencias de Brasil y Argentina sugieren la probabilidad de que aún los capitales locales y transnacionales con capacidad para competir en el mercado internacional demorarán muchísimo en modificar sus expectativas. Simplemente, en muchos casos, la oportunidad de especular a corto plazo promete una tasa de lucro mucho mayor--y un riesgo mucho menor--que la inversión productiva. Y es de ésta que depende el éxito a largo plazo de los proyectos neoliberales.

Quinto, los argumentos aquí esbozados sugieren que las políticas ortodoxas y los proyectos neoliberales favorecerán resultados muy diferentes a la utopía visualizada por los ideólogos del mercado libre. Uno, la institucionalización de prácticas sociales y políticas adversas a la consolidación de un sistema democrático y, dos, la generalización de hábitos y prácticas especulativos. Una política basada en el conflicto y en la especulación promete un futuro sesgado por una cultura inflacionaria, bajísimas tasas de ahorro e inversión y, consecuentemente, un rendimiento macroeconómico mediocre.

Escenarios Político-Económicos Alternativos

¿Qué podemos esperar? Según el romancero neoclásico, se podría esperar que estas reformas del Estado y de la economía--privatización, liberalización financiera y apertura externa--llevarán a un nuevo equilibrio macroeconómico propicio para la inversión privada nacional y extranjera y para la reanudación del crecimiento sostenido. Después de una dura y prolongada etapa de sacrificios necesarios, la profundización de las reformas podría transformar gradualmente las escisiones sociales tradicionales, renovar el sistema de partidos y crear nuevas identidades políticas. El resultado sería un orden democrático estable, con democracia y el mercado marchando con las manos entrelazadas.

En el otro extremo, es fácil imaginar un segundo desenlace, no exitoso sino catastrófico, en que el achicamiento del Estado y la reducción de su capacidad reguladora promoverían mercados altamente concentrados y generalizarían la especulación financiera, con crecimiento nulo o muy errático. Veríamos una progresiva desarticulación de la solidaridad social y una erosión de identidades colectivas, productos de la flexibilización del mercado laboral y de la expulsión de obreros y asalariados de clase medias del mismo. El resultado sería caos social creciente y profundización de la pobreza urbana y rural. Esto bien podría llevar a una especie de guerra civil de baja intensidad cuando no, en casos más extremos, a violentos estallidos sociales. La lealtad a las reglas democráticas por parte de las fuerzas armadas y ciertos grupos empresariales, y también algunos sectores populares, estaría por demostrar.

Es posible imaginar un tercer desenlace de tipo social demócrata en que gobiernos con apoyo popular, con una izquierda y movimientos sociales renovados, podrían implementar los ajustes económicos necesarios pero con mayor equidad. Muchos sostienen que políticas sociales compensatorias y la profundización de la democracia representativa son imprescindibles para el éxito del ajuste estructural y para la reanudación del crecimiento sostenido. España bajo el gobierno de Felipe González sería un buen ejemplo de consolidación democrática exitosa y reformas económicas profundas. Este desenlace sería mi preferido pero, francamente, veo demasiado voluntarista este proyecto en la coyuntura latinoamericana actual.

Se puede esquematizar brevemente un cuarto desenlace que es realmente una variante menos catastrófica del segundo y que veo como el más probable, ya que las reformas neoliberales actuales están acelerando la implantación de un modelo de acumulación fuertemente excluyente. Lo que algunos han llamado la "matriz estado-céntrica" está siendo rápidamente reemplazada por otra basada en el mercado, pero con un fuerte papel estatal. Aquí no hay repliegue del Estado, sino un patrón de regulación diferente del viejo modelo populista, paternalista e intervencionista.

Concluyo con dos afirmaciones, una más obvia y la segunda un tanto heterodoxa. Primero, dudo seriamente que los proyectos neoliberales sean compatibles con la consolidación de un régimen democrático basado en un amplio compromiso de clases al estilo europeo o norteamericano. Segundo, aunque no creo que la democracia con compromiso de clases sea el único tipo de democracia posible, sí creo que los proyectos neoliberales--con modelo de acumulación excluyente, con pobreza y brechas sociales crecientes, y con desarticulación de los actores sociales y políticos tradicionales--son compatibles con algunas democracias.

¿Qué tipos de democracias pueden surgir? Francamente, no tengo una respuesta clara. No creo que las crisis económicas y de los conflictos sociopolíticos generados por las reformas económicas lleven irremediablemente a una repetición del pasado; es decir, no creo en la inevitabilidad de un nuevo ciclo de golpes militares. Pienso que en el futuro habrá una continuidad de gobiernos civiles, pero en sociedades en las que el caos y la desarticulación social se generalizarán. Las reformas estructurales implementadas por los gobiernos sucesores de las dictaduras militares efectivamente están acelerando la implantación de un modelo económico fuertemente excluyente. Sus ramificaciones aún están por ponderarse. No obstante, sí podemos aventurar la hipótesis de que estas reformas implican transformaciones irreversibles del Estado, la sociedad civil y la economía política. En este escenario quizás los proyectos neoliberales de reestructuración económica sean el preludio de la consolidación de regímenes democráticos, pero con fuertes sesgos regresivos en el reparto de los beneficios económicos y, me temo, con altos grados de violencia y represión.

William C. Smith es profesor de Economía Política en la Escuela de Posgrado de Estudios Internacionales de la Universidad de Miami. Su último libro es The Crisis of Argentine Political Economy (Stanford 1989).

IGLESIA Y REVOLUCION EN CUBA: 1979-1992

por María Cristina Herrera

En contraste con la Iglesia Católica en muchos países de este hemisferio la Iglesia en Cuba nunca acumuló grandes riquezas, ni en tierras ni en otras inversiones. La Iglesia cubana fue siempre pobre en recursos económicos y centrada en labores asistenciales-- asilos y hospitales --y educativas-- los famosos colegios privados y dos universidades. Durante los primeros veinte años de revolución (1959-1979) la Iglesia en Cuba apenas sobrevivió. A partir de 1979, siempre con apuros y dificultades, la Iglesia vive, trabaja, sufre y acompaña al pueblo dentro de la crisis más profunda de la nación cubana. Burlando predicciones oficiales que a principios de la década de los sesenta le concedían veinte años de vida, la Iglesia en Cuba muestra en 1992 una nueva pujanza evangélica con una crecente presencia popular y de juventud. Con escasez de recursos de toda índole-- económicos, pastorales, políticos y sociales --la Iglesia Católica es la única institución independiente del gobierno que está organizada en toda la Isla y con vínculos dinámicos con el exterior. Obispos, religiosos, sacerdotes y laicos que visitan periódicamente a familiares y amigos en la diáspora confirman que la Iglesia dentro de Cuba ofrece a todos los cubanos, creyentes o no, un espacio de diálogo y libertad en el que más y más la gente sencilla del pueblo encuentra un ambiente de paz, fraternidad y solidaridad en momentos difíciles que viven todos los cubanos.

Desde 1979 la Iglesia Católica en Cuba comenzó un proceso de auto-reflexión que culminó en 1986 con el Encuentro Nacional Eclesial Cubano (ENEC), el primer congreso nacional de la comunidad eclesial en Cuba desde 1959, que se plasmó en un Documento Final, que se ha divulgado dentro y fuera de Cuba desde entonces.(1) La Iglesia en Cuba inició este proceso al mismo tiempo que se iniciaba entre los cubanos de adentro y de afuera ese reencuentro que se conoce como "El Diálogo". Más allá de sus dificultades y problemas, ese diálogo marcó el comienzo de una etapa de crisis dentro de la sociedad cubana. A partir de 1979, con la visita de unos 250,000 cubanos a sus familiares y amigos en la Isla, se inicia un cambio interno que poco a poco va agrietando la aparente solidez del régimen revolucionario. La comunidad eclesial cubana comenzó entonces su propio diálogo interno a fin de conocerse mejor, de afinar su sentido de misión hacia el pueblo cubano y de, gradualmente, establecer su lugar dentro del acontecer nacional en el presente y de cara al futuro.

Esa Iglesia en su cúpula jerárquica es hoy netamente cubana y con obispos más jóvenes que en toda su historia de 500 años de trabajo y misión en el país. Estos obispos actuales son hombres curtidos en la experiencia nacional que viven el país y el pueblo cubanos desde hace más de tres décadas.

Afuera y adentro, muchas veces, la labor y la postura de la Iglesia no ha sido comprendida en su realidad difícil y compleja. Más allá de interpretaciones personales o de grupo es necesario señalar que la acción eclesial en Cuba ha estado siempre en consonancia con las directrices del Vaticano. Los representantes diplomáticos de la Santa Sede, vinculados íntimamente a la Conferencia Episcopal Cubana (CEC), han cumplido con fidelidad la línea pontificia con relación no sólo a cuestiones pastorales y canónicas sino también en lo que respecta al binomio Iglesia- Estado. Excepto en las naciones en las que hay una religión oficial, este binomio es siempre delicado y con aristas dialécticas, aspectos que en Cuba se acentúan. El silencio del que se ha acusado a la Iglesia por muchos años, ha sido solamente público: la institución carece de acceso a los medios masivos de comunicación social.

Sabemos, además, que la comunidad eclesial integral, de la cúpula a la base, vivió en un clima de catacumbas; recogidos y cautelosos para poder respirar y trabajar en condiciones muy limitantes y en un ambiente hostil y nuevo. Por otra parte, las autoridades cubanas rehusaron lidiar con la Iglesia como cuerpo instituído hasta finales de 1985. Hasta esa fecha todos los asuntos eclesiales se ventilaban a través de la Nunciatura Apostólica en la Habana o de manera individual, con cada obispo. Pero se soslayó a la CEC. ¿Qué pasó en 1985 para cambiar este status quo?

Durante las últimas dos décadas, a la vez que ha habido cambios en el mundo y otros de menor cuantía en el proceso sociopolítico cubano, en la Iglesia ha habido cambios incluyendo una nueva relación tripartita eclesial Vaticano-USA-Cuba que curiosamente no pasa por los canales oficiales de la Conferencia Episcopal en Washington, D.C., sino por la Arquidiócesis de Boston, bajo el liderazgo del Cardenal Bernard Law, uno de los hombres de confianza pontificia dentro de la Iglesia estadounidense y reconocido como uno de los obispos más conservadores en la jerarquía de este país. Diferente pues a lo que algunas veces ha dicho el gobierno de Cuba por sus voceros, incluyendo el propio Fidel Castro, no es que la Iglesia en Cuba siga los dictados de la Iglesia en EE.UU. sino que, por designio del Vaticano, algunos dentro de la Iglesia en EE.UU. apoyan a la Iglesia en Cuba en sus necesidades pastorales e institucionales, con autonomía de las estructuras gubernamentales de ambos países. Esta cooperación va desde proveer materiales pastorales-- libros, estampas, biblias, ornamentos, máquinas para fabricar hostias --hasta hacer gestiones para visados y ayudar en el programa de salida de presos políticos y sus familiares. De manera más visible se mantienen las visitas e intercambios de obispos, sacerdotes y laicos que participan en jornadas de formación múltiple y acompañan en festejos eclesiales de importancia.

Este intercambio eclesial cobra impulso a partir de la visita a Cuba de un grupo de jerarcas eclesiales estadounidenses, encabezados precisamente por Monseñor Law, quien aún no era cardenal, en setiembre de 1985. En noviembre de ese año el pleno de la CEC se reunió por primera vez, como tal, con Fidel Castro. El diálogo entre la Iglesia y el gobierno esa vez duró unas cuantas horas. Desde entonces, sin embargo, no ha habido un encuentro similar, con la excepción de una cena en la Nunciatura Apostólica en La Habana con motivo de la postrer visita del Cardenal Law a la Habana a principios de 1989.

Antes de 1959 la presencia de la Iglesia en los campos cubanos era muy limitada. Hoy día, a pesar de tantas penurias de todo tipo y de la escasez de agentes pastorales y recursos en general, existe una creciente presencia pastoral y comunitaria de la Iglesia en pueblos pequeños y áreas campesinas. Es un trabajo arduo y agobiante. Por ejemplo, en una zona del este del país, u sólo sacerdote está encargado de dos ciudades y 53 poblados intermedios con unas 240,000 personas que viven en su región parroquial, la mayoría en poblados de carácter rural o semirural. En sólo cuatro años este sacerdote ha visitado a más del noventa por ciento de la gente bajo su cuidado, casi siempre a pie, a veces en transporte público-- cuando lo hay --y a ratos, de cuando en cuando, en el transporte eclesial disponible. Ultimamente, con la escasez de combustible, sus visitas se han hecho más espaciadas. Pero el resultado de su labor es obviamente positivo: en celebraciones litúrgicas y otras actividades pastorales su edificio parroquial se convierte en un abejeo de gentes de todo tipo y edad, especialmente de jóvenes cuya presencia es el elemento más novedoso y prometedor de la vida eclesial en la Cuba del "período especial."

Con la publicación del libro de Frei Betto, Fidel y la Religión, se transformó el clima público con respecto al tema religioso y se empezó a hablar de religón sin tapujos y sin miedo. Al correr del tiempo, el Partido Comunista de Cuba (PCC) ha llegado hasta a ofrecer a personas creyentes la entrada en sus filas. Es notable, sin embargo, que ante esa oferta partidista, la respuesta eclesial oficial y popular parece haber sido casi imperceptible. La ausencia de comentario sdobre este tema en los medios oficiales sugiere que el número de creyentes que se ha sumado al PCC debe ser muy reducido. Por su parte, los jerarcas eclesiales católicos públicamente han pedido precisiones sobre algunas cuestiones pertinentes que siguen sin respuesta. en fecha más reciente, esos mismos jerarcas se han pronunciado contra los actos de repudios y contra los llamados "grupos de respuesta rápida" utilizados por el oficialismo para hostigar y amedrentar a los disidentes. De manera que, lejos de acomodarse con el gobierno, la Iglesia mantiene actualmente una postura de distancia crítica a la vez que anima a la ciudadanía a expresar solidaridad y generosidad en tiempos de penuria nacional.

Normalmente, la Iglesia Católica no apoya oficialmente a ningún esfuerzo partidista, aunque esté animado por elementos creyentes. Desde hace unos años existe en Cuba un grupo encabezado por el ingeniero Osvaldo Payá Sardiñas, el Movimiento Cristiano Liberación (MCL) que nace del esfuerzo de un grupo de activistas. Como era de esperar estos laicos no han recibido apoyo institucional. Aunque otros grupos contestarios dentro de Cuba tienen en sus filas a personas de convicciones religiosas, sólo el MCL utiliza el término "cristiano" para identificarse y es indudable, para quienes conocen los textos publicados por el MCL, que una experiencia y un testimonio de fe son ingredientes básicos de su pensamiento y su visión sobre el acontecer cubano. Sólo ellos han desarrollado y diseminado un documento-- intitulado Proyecto de Gobierno Provisional, de 46 páginas --que más allá de sus limitaciones tiene el mérito de haberse pensado, escrito y diseminado y que, al menos, sirve de base e instrumento para una reflexión responsable sobre la transición posible. Payá y sus compatriotas entregados a la búsqueda de soluciones pacíficas y cubanas crecieron en el catolicismo. De manera que aún sin quererlo, la Iglesia en Cuba es una referencia obligada para empezar a entender a medir las motivaciones y las posibilidades de un proyecto político modesto pero realista. Pudiera verse al MCL como un producto no- programado del trabajo eclesial llevado a cabo en suelo cubano en los últimos años.

La llamada religiosidad popular-- cultos afrocubanos, espiritismo, animismos variados y demás --es otro punto significativo en la panorámica político-religiosa de la Cuba contemporánea. Tanto el gobierno como la Iglesia Católica consideran importante esta realidad sociocultural que ha cobrado gran pujanza dentro de la sociedad cubana presente. De distinta manera, ambos mantienen vínculos con estos grupos; la primera por obligación misionera, el segundo por intereses políticos, económicos y de seguridad. Los adeptos a estos cultos y creencias son también, muchas veces, personas con dotes artísticos notables. Círculos gubernamentales cubanos explotan este filón cultural atractivo para el turismo y para dar la imagen de un interés oficial por lo autóctono criollo. En algunos casos, elementos de la seguridad cubana han co-optado a varios santeros y babalaos para penetrar grupos religiosos con mayor potencial contestario. Bien conocido es el caso de los abakuás que controlan a los estivadores de los muelles habaneros. Conocida es la vinculación de algunos babalaos con oficiales de la seguridad cubana y cómo comparten información y dinero entre sí. Del lado de la Iglesia es sabido que gran parte de las enormes multitudes que peregrinan a los tres grandes santuarios populares-- de la Virgen de Regla, de la Virgen del Cobre, y el Rincón de San Lázaro --van a honrar a deidades africanas: respectivamente a Yemayá, a Ochún y a Babalú Ayé. Es sabido que muchas de las medallas y condecoraciones otorgadas por las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) a combatientes cubanos en Angola y otros países han ido a parar a los pies del altar de la Virgen del Cobre en su santuario de El Cobre. Los sacerdotes y religiosos que atienden estos centros de fervor popular testimonian sobre la cantidad creciente de peregrinos, sobre todo en años más recientes. ¿Cómo explicar este fenómeno?

Los estudiosos del tema concuerdan que cuando las religiones formales organizadas están en crisis-- como en Cuba, desde 1959 --la gente busca otros asideros espirituales que no le den problemas y que no le pongan demasiadas condicionantes. Los cultos populares en Cuba cumplen estos requisitos: no fueron nunca tan abiertamente hostigados como las iglesias cristianas y permiten un estilo de vida ético-sexual mucho más relajado. Culturalmente, además, para los cubanos todo lo que conlleve comer, beber, bailar y cantar-- expresiones favoritas de la liturgia de todos estos ritos --es bueno y atractivo. No en balde los cambios litúrgicos en la Iglesia cubana post-conciliar han acentuado la música y el canto en lengua vernácula.

Una de las condicionantes significativas de la mentalidad nacional-- y quizás lo es todavía hoy día --es la creencia de que Cuba es un país con condiciones y destino especiales. Los cubanos de aquí y de allá vivimos convencidos de que nuestro país juega un papel importante que desborda sus fronteras geográficas y su potencial económico. Pues bien, la Iglesia Católica, reconociendo sus enormes limitaciones y problemas en Cuba, testimonia su nueva conciencia de la realidad del subdesarrollo del país en el que misiona y sirve, y proclama que ha vivido una experiencia pastoral única de la que ha de dar testimonio a la Iglesia en Latinoamérica. ¿Será por esto que Fidel Castro ha arremetido contra la Iglesia recientemente, al fracasar en su empeño de enrrolarla en su proyecto numantino?

Por último queda el tema sensible y candente de la necesaria vinculación de la Iglesia en Cuba con la comunidad católica cubana en diáspora. A lo largo de todos estos años se ha reconocido que muchos fieles comprometidos abandonaron la Iglesia nacional al salir del país como exiliados. Los que allá quedaron, tanto obispos como laicos, admiten que por veinte años ellos no tuvieron en cuenta a los de afuera. Todo lo acontecido entre cubanos de ambas comunidades desde 1979 a la fecha, sin embargo, ha ido creando la conciencia de que hay que buscar el reencuentro integral cubano y que éste pudiera ser impulsado por la Iglesia. Comparto el criterio de los que creen que la Iglesia Católica de Cuba sigue siendo demasiado cauta y lenta. Insisto en que solamente la Iglesia allá y acá, en un esfuerzo común, podría dar pautas para impulsar ese reencuentro entre cubanos de buena voluntad comprometidos con el futuro de su patria. La Iglesia en diáspora ha pecado también de timorata en esta labor evangélica y patriótica urgente. Sería un proyecto viable que los que tienen responsabilidad pastoral eclesial a ambos lados de las fatídicas "noventa millas" unidos guiaran al pueblo cubano por un camino solidario y humano hacia un mañana libre de zozobras, separación, incomprensión, distancia y hostilidad.

Nota:

1.- El Instituto de Estudios Cubanos (IEC) celebró un seminario, La Iglesia Católica en Cuba, centrado en un estudio de este documento, en Harvard University en 1987.

María Cristina Herrera es profesora titular de ciencias sociales de Miami-Dade Community College, Kendall Campus, y fundadora y principal animadora del Instituto de Estudios Cubanos. En Diciembre de 1988 American Civil Liberties Union le confirió el Act of Courage Award.

 

 

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