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Organo Oficial de la Coordinadora Social Democrata de Cuba

Junio del 2004

Contenido de esta Edicion:

 

 

POR EL DERECHO A LA VIDA Y SOBRE LA PENADEMUERTE, Por Leonardo Calvo 

Pueblos cautivos ,Entrevista con el doctor José Luis Piñeiro  

"No hay Patria sin Virtud" Carta Pastoral del Eminentísimo Señor Cardenal Jaime Ortega Alamino

América Latina: Equilibrio entre ciudadanía democrática y capitalismo porMarifeli Peréz-Stable

Réquiem por Telesforo Fernández

Documento - Conferencia de Obispos Católicos de Cuba

Invitación a la Coordinadora Socialdemócrata Cubana,al 36 Congreso del Partido Socialista Obrero Español

 

   

POR EL DERECHO A LA VIDA Y SOBRE LA PENADEMUERTE

   Por Leonardo Calvo                 

                                                              

Todo lo relacionado con el derecho a la vida y la aplicación de la pena de muerte constituye un tema de trascendental importancia para la convivencia civilizada y para nuestra cultura, que adquiere complejidad extrema, puesto que se trata de poner todo el poder, estructuras y mecanismos del Estado en función de determinar sobre la vida de un individuo. Es capital que una vez instituida la pena de muerte, con su carga negativa y su carácter irreversible, apreciar de que mecanismos, instrumentos y capacidades dispone la sociedad para cuestionar su aplicación y existencia misma, hasta que punto es utilizada solo como castigo judicial y en que momento pasa a ser soporte de poderes e intereses muchas veces todopoderosos e incontestables.

 

 La tradición histórica republicana está libre de la pena de muerte judicial. En determinados momentos la violencia política pasaba del lenguaje a la acción y unas veces en forma de vandalismo gansteril, otras como represión pura y dura y otras como terror revolucionario cobraba la vida de cubanos de uno y otro bando, pero todos estábamos seguros aun, en los regímenes más represivos, que cuando un cubano era encausado judicialmente, por grave que fuera la acción o la coyuntura su vida estaba fuera de peligro. Pruebas de ello son los asaltantes del Cuartel Moncada, los muchos patriarcas de la acción y el sabotaje absueltos o condenados a penas que hoy parecen irrisorias y los militares pasados a las fuerzas antibatistianas a los cuales ni siquiera se les aplico el acápite de la Constitución del 40 que estipulaba la pena máxima para militares que cometieran traición en tiempo de guerra.

 

Mas allá de la coyuntural violencia extrajudicial que se hizo presente en varios momentos de nuestra historia las instituciones, a saber, los tribunales, las prisiones y la prensa eran espacios de garantía para la integridad de los encartados. Cuando triunfa la revolución al desatarse la espiral de venganza y ajustes de cuenta nadie salió a buscar a un juez o un carcelero.

 

El movimiento insurreccional revolucionario que capitalizo en su favor las contradicciones sociopolíticas y los vacíos democráticos de la época republicana  para convertirse en esperanza de un pueblo primero y en poder absoluto con vocación de eternidad después, impuso nuevos referentes que se distanciaban considerablemente de las tradiciones antes descritas, imponiendo las ejecuciones como forma y método recurrente de castigo y represión.

 

Es en ese momento clave de nuestra historia cuando queda demostrado que la tradición institucional y la practica jurídica no se habían convertido en una profunda incorporación cultural, esa que debe poner el respeto y la protección del sagrado derecho a la vida por encima de cualquier otro interés o motivación.

 

Así en el fragor y la efervescencia del entusiasmo revolucionario los ahorcamientos con alambres de púas fueron asumidos como una broma grotesca por la ciudadanía que, además, no fue capaz de reparar en el terrible precedente que significaba la Ley No 2 de la Sierra Maestra que condenaba a fusilamiento a todo el que participara como candidato o activista en las elecciones de noviembre de 1958.

 

Así, al triunfar la revolución, la justicia adquirió apellido; “revolucionaria” y dio cabida a todos los excesos y desenfrenos. Los adictos al nuevo régimen aceptaron como natural algo a lo que no estaban acostumbrados y los enemigos que lo rechazaban lo hacían por contradicción política o de intereses. Casi nunca el argumento humanista sirvió de base a la impugnación de la violencia revolucionaria. La justicia se convirtió en venganza ciega y esta en  un desenfreno que acostumbro a los cubanos a ver con naturalidad  al Estado disponiendo a conveniencia y discreción de la vida ajena.

 

La corporativización de las estructuras e instituciones y la politización de todos los espacios judiciales e informativos conllevo a que los asesinatos judiciales se hicieran primero costumbre y luego ley, la década del 60 se tiñó de sangre y  luto con el inédito y tenebroso paredón de fusilamiento, años después la entrada en vigor de instrumentos penales (Código Penal y Ley de Delitos Militares) dio al gobierno la posibilidad de suprimir a una persona según su designio e interés solo echando a rodar la bien controlada maquinaria judicial, con el  agravante de que la sociedad no cuenta con mecanismo alguno de cuestionamiento o impugnación a las discrecionales determinaciones del poder.

 

 

El derecho a la vida es un concepto amplio y abarcador, pero una de sus zonas más sensibles y complejas es la situación concreta de las instituciones gubernamentales y judiciales ante este problema. La existencia misma de la pena de muerte como condena posible tiene enormes repercusiones en la seguridad ciudadana y la percepción social sobre el natural equilibrio que debe existir entre las garantías plenas a la integridad de los individuos y el correcto tratamiento a las más peligrosas conductas criminales

 

En las naciones latinoamericanas, donde ciertamente el derecho a la vida no goza de muy buena salud, se ha logrado, sin embargo, que las leyes e instituciones estén libres de esa pesada carga. El Estado y las instituciones no disponen de la vida humana, desde los tribunales no se responde al irrespeto del derecho a la vida con la misma acción. Cuando las sociedades toman conciencia y convicción suficientes como para obviar la “vía más fácil” de enfrentar el crimen, se ponen en el camino indicado para buscar los mecanismos idóneos pero humanistas para prevenir el delito y, sobre todo, educar a los ciudadanos en el respeto a la vida ajena.

 

Circunstancias como la existencia, en nuestras leyes penales, de alrededor de 30 figuras jurídicas que pueden implicar la aplicación de la pena máxima, la total dependencia estatal del ejercicio del derecho y la función judicial, la ausencia de transparencia informativa sobre los procesos y la inexistencia de mecanismos de control y cuestionamiento social hacen que la pena de muerte, sea en nuestro país, un peligro mucho mayor.

 

El fusilamiento inesperado e injustificable, en abril del 2003, de tres jóvenes cubanos que realizaron una acción delictiva que no tuvo consecuencias fatales puso en el orden del día las perspectivas y referencias de nuestra sociedad sobre un asunto tan trascendental. El hecho de que en pocas horas, sin dar a los jueces --- que ya no tienen libertad--- la posibilidad de reflexionar sobre el caso, tres cubanos fueran mal juzgados, condenados y ejecutados llama a la inquietud y la indignación. Es cierto que el hecho provocó conmoción, malestar y rechazo en amplios sectores de la población, pero tal impacto no deja de tener connotación circunstancial                

 

La arbitrariedad y discrecionalidad con que nuestras autoridades ejercen su poder absoluto provoca que según sus conveniencias adopte proyecciones extremas y contradictorias a la hora de aplicar la pena máxima: Puede ejecutar en 72 horas a reos --- como los mencionados protagonistas de los sucesos de abril del 2003--- cuyo delito esta lejos de conllevar la sanción más severa; puede ejecutar en solo un mes al más grande héroe militar de la historia de la  revolución (el general Arnaldo Ochoa) aunque la certeza de su inocencia crezca  a medida que pase el tiempo; puede dejar en un agobiante limbo jurídico a reos como Humberto Eladio Real Suárez joven cubano que en una acción de infiltración a principios de la década del 90 provocó la muerte de un ciudadano o el joven salvadoreño que en el verano de 1999 realizo varios atentados con bomba en centros turísticos de la capital, causando la muerte de un turista italiano. En  lo que se me antoja como el oscuro corredor cubano de la muerte y el silencio estos dos hombres, condenados a muerte en primera instancia, esperan por años ( 8 y 4 respectivamente) la celebración de la vista en el tribunal supremo que para estos casos prevé la ley penal vigente.

 

Queda claro no solo que los cubanos no cuentan con la protección que debe significar el Estado para la vida de cada ciudadano, sino que cualquiera esta en peligro de ser ejecutado solo por el incontestable designio del poder que, en la defensa de sus intereses, juega tanto con la vida de los condenados como con los sentimientos de sus allegados.

 

Pero ese no es el único trauma que matiza el delicado asunto, mientras en todo  el mundo se desarrolla un intenso debate entre los criterios y voluntades que de un lado respaldan el retencionismo, es decir el mantenimiento de la pena de muerte y los que favorecemos el abolicionismo o lo que es lo mismo la eliminación de la pena máxima Cuba vive un lamentable y peligroso mutismo social sobre el tema. Del asunto solo se habla cuando el gobierno decide ejecutar a los encumbrados héroes en desgracia o a los anónimos jóvenes habaneros que procuran mejor vida por cualquier vía.

 

Nuestro país vive de espaldas a los criterios, valoraciones, experiencias, estadísticas y esfuerzos que acumula  esa lucha mundial contra la pena de muerte, que ha dejado a los sempiternos enemigos –Cuba y Estados Unidos— compartiendo el indeseable privilegio de conservar en el hemisferio occidental la utilización de la sanción extrema. En todo el mundo personalidades, instituciones, organismos internacionales y gobiernos se empeñan en borrar la pena de muerte del horizonte jurídico y social del mundo moderno y en Cuba de eso no se habla. La ausencia de debate junto a los vacíos referenciales e informativos sobre un tema de tal dimensión y trascendencia dejan huellas profundas en la percepción del pueblo cubano. Las experiencias recientes de nuestro trabajo testimonian que varios de los argumentos que esgrimen los cubanos que respaldan la pena de muerte son razones superadas o desfasadas en el intenso debate mundial sobre la permanencia o la abolición de la sanción extrema. 

 

No pocos cubanos aducen supuestas razones de fuerza mayor para respaldar la existencia de la pena de muerte como sanción para  graves delitos no políticos, las autoridades de la isla aseguran ser contrarios a la aplicación de la pena máxima, declarándose obligados a mantenerla por estrictas razones de seguridad nacional.

 

Cuba necesita que en todos los niveles y espacios de la sociedad se confronten y ventilen de manera abierta, transparente y desprejuiciada los argumentos que rechazan y respaldan la utilización de la pena de muerte, para que no quede solo en manos del poder la determinación única y ultima sobre la vida de los seres humanos. Los que impulsamos la creación en Cuba de una profunda cultura se derechos y animamos esta campaña tributamos al compromiso de impulsar ese debate, en el que la pena de muerte debe ser analizado desde todos los ángulos posibles; filosófico, ético, religioso, cultural, jurídico, político, humanitario, histórico, social entre otros.

 

Solo impulsando ese debate amplio y permanente podemos lograr que se asuman de manera esencial principios y conceptos que definen al derecho a la vida como anterior y primario a cualquier otro interés coyuntural o utilitario.

 

Sin animo de abarcar, ni agotar el tema vamos a acercarnos someramente  a algunos de los elementos que sustentan la objeción, por suerte creciente, a la pena de muerte.

 

El homicidio es el acto concreto de privar de la vida a un semejante, el asesinato es ese mismo acto agravado por la planificación, la saña o el abuso de ventajas, entonces la eliminación física de un individuo por la determinación  de los que han sido comisionados para defender la vida y la justicia, es decir la pena de muerte, es en puridad conceptual un asesinato judicial, apellido que en nada cambia el resultado final, ni las connotaciones humanas, morales y sociales del siempre lamentable hecho.

 

La aplicación de la pena de muerte es un desconocimiento agravado del primario y mas elemental de los derechos, el derecho a la vida, por cuanto es ejercido por quien debe ser por definición y compromiso el primer garante de esos valores, el Estado. EL asunto se vincula estrechamente con la universalidad e integralidad de todos los derechos, si el derecho a la vida no está institucional y políticamente garantizado por las leyes y la acción del Estado entonces el disfrute de los demás derechos estará seriamente limitado.        

 

Nada ni nadie debe disponer de ese don que otorgan dios o la naturaleza según la perspectiva filosófica que se asuma, por lo que la aplicación de la pena de muerte significa que el Estado, estructura necesariamente poderosa formada, por hombres impulsados por intereses, prejuicios ardores y pasiones se pone en la posición suprahumana de disponer de la vida ajena, utilizando para castigar la misma acción que se pretende condenar.

 

Por otra parte debe quedar siempre claro cual es el objetivo de la función judicial, si como es civilizado y pertinente no vemos la justicia penal como venganza o escarmiento sino como castigo ejemplar pero equilibrado no debe nunca simplificar su acción suprimiendo físicamente el objeto del castigo. Debemos tener en cuenta que las mas rechazables acciones criminales constituyen conductas de individuos o grupos siempre divorciados de los valores y principios que sustentan las referencias de respeto a la integridad y dignidad humana, y convivencia civilizada. No es humanamente justo ni socialmente útil que las estructuras institucionales encargadas de garantizar a través del ejercicio de la función judicial esa integridad, dignidad y convivencia degraden su acción comportándose, al condenar a muerte, como un enajenado o inadaptado individuo, es decir que la existencia y aplicación de la pena máxima deja la eliminación física de un semejante como resultado del ejercicio administrativo que pretende mejorar la vida de la comunidad y educar a los ciudadanos

 

Además de plantear la posibilidad de ser utilizada como soporte de dominio político e instrumento de represión, hablando de justicia la aplicación de la pena de muerte crea nuevos lutos y dolores sin compensar ni resarcir las perdidas causadas por el crimen que se pretende castigar, y por demás  atrofia y limita las posibilidades de reconocer, atender y conjurar las causas del delito.

 

Debemos recordar que el Estado ejerce la función judicial en representación de todos los ciudadanos. Un delito confeso o justamente probado implicara el respaldo social al castigo idóneo, sin embargo la aplicación de la pena de muerte, que convierte a cada ciudadano en cómplice automático del asesinato judicial, es por naturaleza antidemocrática; por razones obvias nunca una ejecución por motivos políticos genera consenso y en el caso de delitos civiles siempre hay un segmento de la sociedad que por diversas motivaciones rechaza la medida que por esta razón lleva implícito un vicio de representación.

 

Son mucho mas conocidos la pobre capacidad disuasoria de la pena de muerte, esta probado que cuando un individuo llega al desquiciamiento, mental , moral o espiritual que lo lleva a privar de la vida a un semejante es incapaz de reflexionar sobre el posible juicio o castigo. Ni que decir del carácter irreversible de la medida y las enormes posibilidades de injusticia que lleva implícita, son muchos los ejemplos en este sentido que la humanidad ha tenido que lamentar a través de la historia, su sola existencia nos coloca como potenciales victimas de esa lamentable saga de excesos  que deslegitiman los mecanismos e instrumentos con que nos hemos dotado para organizar la vida en comunidad.

 

A estas alturas de desarrollo humano una sociedad que no haya encontrado mecanismos idóneos para prevenir y castigar el delito sin necesidad de llegar al extremo terminal e irreversible, es una sociedad fracasada. Una sociedad donde solo aflora un asunto de tal magnitud cuando el gobierno decide ejecutar a un ciudadano es una sociedad enferma. Una sociedad donde no existe debate alguno sobre un tema que se vincula con el derecho más elemental, es una sociedad condenada.

         

Es hora de que las instancias políticas y judiciales de la isla sean ganadas por el humanismo y la sensatez de no disponer de  la vida ajena, comprometiéndose a asumir la responsabilidad de encontrar esos mecanismos eficaces y consecuentes que prevengan y enfrenten el delito sin sembrar el terror en los ciudadanos y el luto en nuestras familias. No escatimar esfuerzos desde la sociedad para alcanzar ese ideal es un inestimable legado que dejaremos a las generaciones futuras.

 

Desde luego que el derecho a la vida va más allá de la pena capital. Tiene que ver con el aborto y la eutanasia, dos limitaciones metódicas del derecho a la vida que conservan total actualidad y que desde luego difieren de la pena de muerte en su naturaleza: esta quita la vida para castigar al ser humano.  

Nos unimos desde la Coalición a la campaña mundial contra la pena de muerte. Este debate nacional que hoy iniciamos culminará con la jornada contra la pena de muerte que dará la Coalición los días 9 y 10 de Octubre coincidiendo con el día mundial contra la pena de muerte.

El primer paso para enfrentar y resolver un problema es reconocer que existe. El primer paso para crecer humanamente como individuos y colectividad a través de la abolición de la pena de muerte es que en el tan necesario debate sobre el tema participemos todos.

 

Según lo expresado por sus animadores  en el acto de presentación de la campaña por el derecho a la vida y contra la pena de muerte la Coalición Dialogo pro Derechos no declina la responsabilidad y satisfacción de impulsar y participar en este debate.

 

Pueblos cautivos

Entrevista con el doctor José Luis Piñeiro

DOSSIER / e l p r e s i d i o p o l í t i c o e n c u b a

Soy exiliado, miembro de una familia que fue víctima, en los 70, de la política

de desplazamiento poblacional y reconcentración en Pueblos Cautivos llevada

a cabo por el Gobierno de Fidel Castro. Antes de esa época hubo reconcentraciones

también, pero a nosotros nos tocó la desgracia en los 70. Mi familia

era de una zona de campo llamada Biajaca, que pertenece al municipio de

Mataguá, en el Escambray, en los límites de Cumanayagua. Un buen día, alrededor

de 3.000 hombres de todo el Escambray, entre ellos mi padre, fueron

citados en diferentes puntos, Fomento, Manicaragua, etc… para unas reuniones

de la Asociación de Agricultores Pequeños (anap). Mi padre me ha contado

que al llegar a esos puntos, fuerzas militares los inmovilizaron, los montaron

en camiones y los condujeron detenidos a Santa Clara. Allí un Capitán

del ejército les dijo que ellos eran los esbirros del Escambray y que por eso

jamás podrían volver a sus tierras.

Mi madre se quedó sola con 3 hijos. Yo era el más chiquito, tenía 2 años,

mis hermanos mayores tenían 6 y 7 años respectivamente. La casa más cercana

quedaba a kilómetros de distancia. Nos quedamos solos. La gente del

Gobierno sólo venían a «acopiar», como decían ellos, a exigir que les entregáramos

puercos, gallinas. En cuanto mi madre veía el jeep y el camión de «acopios

» por el camino, soltaba a los puercos, les echaba los perros para que los

empujaran hacia los sembrados, y les decía a los militares que no tenía nada,

que cómo eran capaces de venir a robarle comida si se habían llevado a mi

padre y nadie se preocupaba de nosotros. Entretanto íbamos tirando, mal,

pero íbamos tirando. No dejaban trabajar a ningún hombre que no se hubiese

jubilado, entonces mi madre le pagaba a un viejecito para que la ayudara

en lo que podía y ella misma trabajaba hasta reventarse también. Allí no había

médico, no había hospital, no había nada. Estuvimos tiempo sin saber de mi

padre ni de los otros hombres de la zona. Los citaron a aquellas reuniones y

fue como si hubieran desaparecido.

Al cabo de un tiempo se apareció un militar y dijo que estaban presos en

Pinar del Río. No les habían hecho juicio, nunca se lo hicieron. Los consideraban

desafectos a la revolución y punto. A mi padre porque se había negado

a hacer el Servicio Militar Obligatorio y por haber apoyado a los alzados en

los años 60. Hubo, incluso, casos de hombres que habían cumplido condenas

de 6 o 7 años de cárcel y se los volvieron a llevar. Luego mi padre me contó

que en el mitin que les dieron antes de salir hubo gente que se desmayó,

 

ancianos de 70 u 80 años, gente que ni siquiera había apoyado a los alzados,

pequeños campesinos que tenían tierras que al Gobierno le interesaba robarles.

Había incluso algunos españoles y descendientes de españoles que fueron

desposeídos, apresados y reconcetrados también. Después del discurso del

capitán, en Santa Clara, los metieron en trenes custodiados por militares y los

condujeron a la provincia de Pinar del Río, a cientos y cientos de kilómetros

de sus casas. En los trenes tenían que pedir permiso a la custodia hasta para ir

al baño, no podían pararse ni hablar entre ellos, no podían bajar en los apeaderos.

Estaban presos. Desposeídos de todo. Eran 3.000 hombres.

Al llegar a Pinar del Río lo enviaron a trabajos forzados en la construcción

de unos pueblos en diferentes zonas de la provincia. Eran cuatro pueblos:

Sandino, Briones Montoto, Fajardo y López Peña. Los pusieron a vivir en

barracas que por la noche cerraban por fuera, con un candado. Los despertaban

a las cinco de la mañana sonando una especie de campana artesanal, un

balón de oxígeno que blindaban para que sonara más alto. Así, ellos mismos

fueron construyendo los Pueblos Cautivos, que tenían una sola entrada y una

sola salida, custodiadas ambas por militares. Pueblos cárceles. Construían

unas especies de barracas prefabricadas que se conocen como «edificios

modelo Sandino». Algunos ancianos murieron allí. Hubo intentos de fuga,

palizas contra los que se rebelaban o intentaban escaparse.

Al fin, el 15 de septiembre de 1973, mi familia fue recogida en camiones,

trasladada a Santa Clara y deportada a Pinar del Río en trenes custodiados,

presos, como nuestros padres. Reconcentraron a todo el que tenía algo de tierra.

No nos permitieron llevarnos nada, ni un mueble, ni una caldero, nada.

Porque supuestamente íbamos a tener todo en los Pueblos Cautivos. Fue mentira.

Estuvimos meses durmiendo en el suelo, sin una colchoneta. Lo más

horrible que ocurrió allí, sin embargo, es que pusieron a familias de guardias

a vivir en los mismos pueblos, para controlarnos. Familias de presos y familias

de guardias, escalera por medio. Las mujeres de los militares eran de la Federación

de Mujeres Cubanas, los hijos eran pioneros, la familia completa del

Comité de Defensa de la Revolución.

Nosotros, en cambio, éramos presos, familias presas. Ellos tenían el poder,

podían abusar, los niños carceleros nos decían gusanos, esbirros, nos escupían.

Había una escuela primaria y una secundaria e incluso el director, de apellido

Godoy, nos llamaba esbirros. Era un pueblo grande, casi 3.000 familias

de presos, familias campesinas que tenían, a veces, hasta 9 hijos cada una. Y,

además, los carceleros. Nadie se podía mudar allí. Todo pertenecía al Ministerio

del Interior. Era un pueblo de presos. Los villareños, los presos, éramos

muy unidos: si había un enfermo entre nosotros, junto a él estaban todos los

presos, todos los villareños apoyándolo. En un época a los carceleros les dio

por poner un cartel a la puerta de cada apartamento, que decía: «Mi casa alegre

y bonita». Mi mamá lo arrancó, se enfrentó a la carcelera y le dijo: «Mi

casa ni es alegre ni bonita; esto es una prisión y ustedes lo saben». Lo volvieron

a poner y nosotros a arrancarlo, y así era, como una guerra entre nosotros

y esas personas.

 

Estuvieron trayendo familias del Escambray y reconcentrándolas en los

Pueblos Cautivos hasta los 80. Recuerdo, por ejemplo, el caso de los Ibáñez.

El padre, el señor Chano Ibáñez fue fusilado. A la mujer y a los 7 hijos los

reconcentraron en nuestro Pueblo Cautivo. Nosotros, los niños, fuimos adoctrinados

pero nunca conquistados por ellos. Cada día marchábamos, formábamos,

gritaban consignas y nos leían partes del periódico Granma. Todos los

viernes, religiosamente, había un «Acto Revolucionario». Las aulas estaban

organizadas como unidades militares, con un jefe de aula y jefes de filas; en

un aula de 40 alumnos había 10 jefes. El método era que la gente supiera que

siempre había alguien que los estaba velando, siempre, desde los niveles inferiores

a los superiores, siempre hay alguien que tiene un cargo para velarte. El

cubano tiene miedo y yo, en parte, lo justifico; tiene miedo porque desde que

nace sabe que alguien lo está velando, que está tomando referencias de su

conducta día a día, minuto a minuto.

Nunca nos conquistaron. Ya en los 80 fundamos el Exclub Cautivo, un

grupo que tenía que ver específicamente con ese proceso de reconcentración

de poblaciones del Escambray, porque éramos hijos de presos, pero todavía

estábamos en los Pueblos Cautivos, entonces, para chocar, nos pusimos así,

Exclub Cautivo. Yo era buen estudiante, me gustaba estudiar. Cuando estaba

en noveno grado me quisieron entregar en carné de la Juventud Comunista y

yo lo rechacé, dije que no lo quería.

Entonces Georgelina Torres me puso en el expediente una nota que dice:

«Actitud política no decidida» y me lo hizo firmar como si fuera una mancha,

¿no? La vida era un infierno en los Pueblos Cautivos y, claro, hubo tensiones

fuertes. Varias veces, cuando el equipo de béisbol de Las Villas le ganó al de

Pinar del Río la Serie Nacional, nos tiramos los villareños para la calle con

pancartas y todo, tocando latas y se crearon enfrentamientos y tensiones porque

ellos temían perder el control.

Ya en los años 80, cuando los choques de la embajada del Perú y el éxodo

de Mariel, hubo exiliados en Florida que vinieron a buscar a sus familiares

presos en los Pueblos Cautivos. Entonces el Gobierno, los carceleros, organizaron

un «acto de repudio», un pogrom contra nosotros, empezaron a gritarnos

gusanos y a tirar huevos y piedras contra nuestras casas. Hasta que los presos

nos enfurecimos y nos tiramos para la calle también, con machetes y todo.

Entonces los carceleros mandaron a parar aquello porque se dieron cuenta

de que la bomba de tiempo iba a estallar.

Yo y los de mi edad tuvimos suerte. Mis primos, por ejemplo, que eran un

poco mayores, no pudieron pasar de la secundaria porque no podían salir del

pueblo a estudiar el preuniversitario. Pero cuando a mí me llegó la edad ya

había mucha presión internacional con el tema de los derechos humanos, un

relator visitó Cuba, inclusive, y entonces el Gobierno aflojó un poco y pude ir

al preuniversitario, que estaba en fuera, en un pueblo libre.

Las relaciones humanas fueron cambiando con el tiempo, sobre todo

entre nosotros, los más jóvenes. Me acuerdo que en el preuniversitario tuve

un amigo, un muchacho muy buena gente, Jesús Chembo Mongojol, que

 

todavía está en Cuba. El director llamó al padre de Chembo y le dijo que su

hijo se juntaba conmigo y que eso no podía ser porque yo era villareño, contrarrevolucionario.

El padre llamó a contar a su hijo, mi amigo, y éste le dijo que

yo era muy buena persona, que estudiábamos juntos y que respondía por mí. El

padre le dijo, «Si eso es así, sigue llevándote bien con él y no hemos hablado

nada». Y así hasta hoy, como si fuéramos familia. Ni siquiera me dijeron nada.

Ese incidente me lo contaron ellos después, cuando yo era un hombre. Sí, las

cosas cambiaron con el tiempo entre los jóvenes, hubo inclusive bastantes

matrimonios entre hijos de presos e hijos de carceleros, y muchos de ellos reconocieron

que quienes estaban equivocados eran sus padres no los nuestros.

Me gradué de preuniversitario con 96’4 de promedio, que era muy alto, y

entonces, a fines de los 80, catorce años después de haber llegado al Pueblo

Cautivo, pude empezar estudios de Medicina. Entre tantos y tantos hijos de

presos, sólo 8 conseguimos llegar a la Universidad. Ya en La Habana participé

en un estudio, clandestino, por supuesto, y llegamos a la conclusión de que

hubo un total de 21 Pueblos Cautivos en Cuba, en diferentes épocas y lugares.

El estudio se quedó en la Isla y no lo tengo a mano, pero recuerdo algunos

datos de memoria. Hubo 21 Pueblos Cautivos, casi todas las familias provenían

de El Escambray, aunque también hubo familias de Matanzas, de la región

de Aguada de Pasajeros. La mayor parte de los Pueblos Cautivos estaban en

Pinar del Río, aunque también hubo algunos en Camagüey. Fue una experiencia

muy dura, que debe conocerse y estudiarse; un pasado terrible que

nunca se me quitará de la cabeza.

 

“No hay Patria sin virtud”

Carta Pastoral del Eminentísimo Señor Cardenal Jaime Ortega Alamino, Arzobispo de La Habana, en el 150 aniversario de la muerte  del Padre Félix Varela.

A los sacerdotes, diáconos, religiosos, religiosas, fieles cristianos

de la Arquidiócesis de La Habana y a todos los cubanos de buena voluntad.

Queridos hermanos:

En el aniversario 150 de la muerte del Siervo de Dios Félix Varela quiero dirigirles una carta pastoral que, al ser acogida por ustedes, sirva de homenaje al cubano que, según el decir de su discípulo José de la Luz y Caballero “nos enseñó primero a pensar”1, o si desean seguir la intencionada inspiración  del recordado Arzobispo de La Habana, Monseñor Evelio Díaz,  pueden también decir que fue: “el primero que nos enseñó a pensar en cubano”.

El legado del Padre Varela: Dios ante todo.

De hecho el pensamiento de Varela se volcó sobre Cuba, su Patria amada, y sobre el futuro de esta tierra a la que brindó verdadera devoción. Fue el Padre Varela hombre fundante, junto con otros de la estirpe del colegio-seminario San Carlos y San Ambrosio. Sacerdote preclaro, de vida santa, no veía ningún modo de abordar el mundo y el quehacer de los hombres en él, que no incluyera una postura ética ante la realidad y no concebía otro fundamento para la ética sino la fe religiosa, asumida personalmente y respetada socialmente.

“No hay duda -decía Varela- que las instituciones políticas y las leyes civiles sirven de protección y de estímulo, pero no bastan para consolidar los pueblos...2 el freno santo de la religión es el único que puede subyugar las pasiones humanas”3.

“¡Qué feliz sería la sociedad, si poniendo freno a las pasiones y obedeciendo a una ley divina, se guiasen los hombres por los sentimientos de justicia y de amor mutuo!4.

El pensamiento del Padre Varela sobre Cuba, los cubanos y la fe religiosa se halla resumido en la más conocida de sus citas: “no hay Patria sin virtud, ni virtud con impiedad”5 . Es bueno destacar aquí que la palabra impiedad, en su acepción original de la lengua castellana, significa actitud displicente, irreverente o descreída hacia Dios y la religión. Por eso muchos, queriendo con justeza hacer comprensible el pensamiento de Varela a nuestros contemporáneos, formulan la afirmación del sabio presbítero de este modo: “no hay Patria sin virtud, ni virtud sin religión”. No sería tampoco atrevido decir: ...ni virtud sin fe ni amor a Dios. El Padre Varela considera la fe en Dios como piedra angular del edificio social, su ausencia en el corazón del hombre acarrea muchos males. Así lo expresa él mismo: “Sólo hallándose el hombre privado de todo temor de Dios, puede despreciar su ley divina, desatender los dictámenes de la conciencia y arrojarse como un tigre sobre sus semejantes para devorarlos”6. Aquí hace referencia Varela, sin mencionarla, a la impiedad en su acepción más común, como comportamiento personalmente malo y duro hacia el prójimo, que él considera que tiene su origen en la falta de fe en Dios. 

La Patria.

3 Pensar primero, pensar en cubano, pensar a Cuba, es el testimonio histórico de Varela que las generaciones actuales no deben pasar por alto. El hombre de pensamiento que es el Padre Varela, merece el homenaje que le brindamos en la hora presente si ejercitamos nuestra facultad de ver la realidad según su metodología, que va más allá del frío análisis, para ensanchar la mirada con la fuerza del amor. “El amor es quien ve”7, diría más tarde Martí y Varela había descrito de este modo la Patria que él soñaba: “No hay sociedad perfecta sin amor perfecto”8. Así se inclinó sobre su Patria cubana el Padre Varela: pensando en ella con amor.

Es derecho y deber de todo cubano contemplar a su Patria con amor, pensarla con criterios éticos que tengan como marco iluminador la mirada amorosa de Dios sobre el mundo, que incluye a Cuba y su historia. Si nos decidimos a asumir nuestro papel de cubanos pensantes es bueno recordar a nuestros hermanos que al pensar rectamente según la ética propuesta por el Padre Varela, sustentada en la verdad, quedamos comprometidos a dejar la mediocridad y el adocenamiento y a practicar la virtud.

La virtud.

5 Los valores nos mueven a actuar en el sentido del bien, pero hay mucha ambigüedad y miseria en el ser humano para que el simple hecho de presentarle un valor baste para que ese valor sea asumido e incorporado a la vida. Es necesario, pues, ejercitar la virtud. Virtud significa fuerza, fortaleza. Sólo por el esfuerzo, esto es, ejercitándose en su cuerpo y sobretodo en su espíritu, se hace capaz el hombre de asumir los valores que exigen vencerse a sí mismo. La invitación del Padre Varela a la virtud es un llamado al cubano, especialmente a los jóvenes, a hacerse fuertes, fuertes de espíritu, poniendo por fundamento de su vida la fe en Dios.

6  Este llamado lo quiero repetir ahora como Obispo y Pastor y como cubano, especialmente a las jóvenes generaciones, que deben hacerse firmes por la virtud y aprender a  mirar  el mundo desde la elevación adonde nos conduce el amor de Dios: es la altura del ideal, del esfuerzo, del sacrificio.

Que los jóvenes se decidan por la virtud.

Queridos jóvenes: tienen que resistir al vaho decadente del mundo, que viniendo de abajo los puede envolver. Reafirmen sus pies en la altura de un ideal moral que los consolide como hombres y mujeres capaces de mirar alto y lejos. Resistan a las tentaciones de una vida llena de placeres fáciles, inmediatos, pero fugaces, donde falta un proyecto portador de felicidad fundado en el amor. La permisividad sexual, las relaciones tempranas que queman las etapas del enamoramiento y del amor verdadero, no preparan para fundar matrimonios estables y duraderos, familias donde la vida pueda crecer en la seguridad y en el gozo del amor compartido, y sin esto no hay felicidad.

No es cediendo a todos los deseos como se preparan un joven y una joven para los retos de una vida adulta; por otra parte, las virtudes son solidarias en el alma humana. Esto quiere decir que las virtudes crecen juntas y los vicios también. Así por ejemplo, quienes son firmes y tienen una postura moral bien definida con respecto a las relaciones de amor entre el hombre y la mujer, tendrán firmeza también para hacer frente a otras tentaciones, muy presentes en nuestro medio actual, como son el consumo abusivo de bebidas alcohólicas y aún de drogas. La extensión del uso de drogas en gran parte del  mundo, ahora también en Cuba, tiene sus promotores en delincuentes perversos, pero sus mejores aliados son la falta de sentido para la vida, el derrotismo y una postura ante el mundo habitualmente débil por parte de jóvenes y adultos. Sería de una superficialidad imperdonable pensar que, para que el joven o la joven se alejen de la bebida o de la droga debe al menos propiciarse el desahogo de sus pasiones sexuales, tomando sólo precauciones contra embarazos o enfermedades. La experiencia demuestra que sexo, alcohol y droga se entrelazan peligrosamente. No se resignen como jóvenes a este pobre ideal de juventud, que lleva en sí tantos riesgos, el primero de todos: no hallar nunca el verdadero amor. No creas que la libertad consiste en actuar según tus deseos. Dejo la palabra al Padre Varela: “Medita ... sobre las doctrinas destructoras de la libertad humana, examina su origen, y verás que sólo tuvieron por autores, y sólo tienen por partidarios, a los impíos, que no pudiendo superar sus pasiones se declararon esclavos de ellas”9.

Actualidad de Varela. 

Al referir estas cosas es como si evocara al Padre Varela escribiéndoles a los jóvenes cubanos de este tiempo, como escribió él a su ideal discípulo Elpidio en la etapa de la historia que le tocó vivir. Porque Varela se ocupaba de la Patria y sabía que su futuro descansaba en las manos y en los hombros de la juventud, por eso les pedía a ellos virtud, pero virtud integral, aquella que compromete toda la vida.  La permisividad no lleva esfuerzo, desconoce el sacrificio y así no se favorece el desarrollo de la vida social, ni se forja la Patria, se produce más bien la postración moral, que trae consigo la falta de entusiasmo y la desesperanza. Hago llegar a ustedes, queridos jóvenes, el llamado del Padre Varela a un compromiso ferviente con la Patria: “Diles que ellos son la dulce esperanza de la patria, y que no hay patria sin virtud, ni virtud con impiedad”10.

10 Como fuente de esperanza les propongo el Evangelio de Jesucristo. En él bebió Varela su saber más hondo. Leído y meditado él nos sitúa en una cumbre del espíritu desde la cual el mundo real se nos revela bajo una nueva luz: allí se descubre que el pasado, con todas sus miserias, sirve de algo; que el presente tiene urgencia de nosotros y que el futuro no es forzosamente sombrío y se construye hoy con nuestras manos.

A los cinco años de la visita del Papa Juan Pablo II.

11  Este año se cumplen cinco años de la visita pastoral del Papa Juan Pablo II a Cuba. El quiso venir a nosotros como mensajero de la verdad y la esperanza y sus palabras resonaron con fuerza en nuestros corazones. Sin embargo, tenemos tendencia a olvidar la verdad que “nos hace libres”11, al decir de Jesús en el Evangelio, pero que resulta comprometedora. La esperanza es una virtud, es una especial fortaleza de espíritu ante el futuro, que nace de la confianza en Dios. Debemos pedirla a Dios en la oración y cultivarla cada día. Si no, retorna la desesperanza, el cansancio, la monotonía. Con mirada cansada y sin aliento de vida no se puede contemplar el mundo, un mundo lleno de retos, vacío a menudo de valores. El Papa se dirigió en Cuba a los jóvenes y a las familias y nos habló a todos del bien de la Patria. Con desesperanza no puede la juventud forjar su futuro, ni se puede pensar cómo hacer que reine en la familia cubana armonía y estabilidad. Tampoco podemos con desesperanza mirar a Cuba, la Cuba de hoy y la de mañana, que todos, pero especialmente las nuevas generaciones, tienen que construir.

Empezar a pensar.

12 Para llegar a esta edificación de la Patria, en la cual todos debemos participar, es necesario seguir el consejo de Varela: primero empezar a pensar. Este no es únicamente quehacer de pensadores, de intelectuales, de políticos, sino de todos los que hemos nacido en esta tierra y la llevamos en el corazón.

13  Existen, evidentemente, buenos escritores y poetas cubanos que pueden abrir brechas en este campo, pero si nos detenemos en el lenguaje a veces intencionalmente críptico de sus poemas, de sus novelas, de sus escritos, hay grandes zonas de frustración, de vacío, de reclamos sordos, que difícilmente llegan a esbozar senderos de futuro. Sucede algo parecido en nuestro cine, aún en los lances cómicos de muchos filmes parece latir la queja, o se descubre un envío a algo más serio que se quiere decir. Son así también las canciones de no pocos trovadores jóvenes o no tan jóvenes. La extraordinaria creatividad del cubano aparece contenida y brotando a un tiempo por todos los poros del cuerpo social, tratando ciertamente de pensar en cubano. Algunos lo logran en cuanto a la forma: el lenguaje es nuestro, los temas son nuestros, pero habitualmente quedan más bien en la memoria de aquellos que reciben esos mensajes, preguntas, sugerencias veladas, y casi siempre una admiración hacia quienes, a partir de su arte, encontraron  un modo de decir que permite a muchos cubanos reconocerse en personajes, situaciones o lances y hallar en ellos una especial y secreta solidaridad.

Este modo de hacer es válido, constituye una aproximación a la realidad como diagnóstico. Varela supo pensar así también, pero llegaba más lejos, miraba hacia el futuro de la Patria y trataba de preparar caminos, al modo de Juan el Bautista.

La Misión Profética de la Iglesia.

14  Esta es también tarea de la Iglesia. Aún cuando nos parece que no somos escuchados, cuando la realidad parece ser ignorada, no sólo hay que evidenciar lo que aparentemente se olvida o des-conoce, sino preparar además caminos de futuro en las mentes y los corazones de nuestros hermanos, también si, como el Bautista, tenemos la impresión de clamar en el desierto. Eso es lo que intentó el Padre Varela.  Esa es siempre, en palabras del santo sacerdote, la misión de la Iglesia: “El bien de los pueblos ha sido siempre el objeto de la Iglesia, no sólo en lo espiritual sino también en lo temporal en cuanto dice relación a la paz y mutua caridad, en una palabra, a la vida eterna que es la única felicidad”12.

Independencia de la Iglesia en su misión.

15  La Iglesia tiene su origen en Cristo. Cuando Jesús le dice a Simón Pedro: “Tú eres piedra”, le anuncia al mismo tiempo a su apóstol y al mundo que es Él, Cristo Jesús, quien establece y construye su Iglesia: “sobre esta piedra EDIFICARÉ mi Iglesia”13. Es Cristo quien vive en su Iglesia y cada día y en cada época la edifica, incorporando a su cuerpo, por la acción del Espíritu Santo, a los hombres y mujeres que se adhieren a Él por la fe.

16  Escuchemos cómo el Padre Varela  describe a la Iglesia en la segunda de las cartas a Elpidio: “La Iglesia es el conjunto de los creyentes bautizados, que guiados por la luz de la fe, unidos con el vínculo de la caridad, animados por la consoladora y bien fundada esperanza y nutridos con los santos sacramentos, corren por la senda de la virtud y de la paz hacia el centro de la felicidad, bajo el eterno pastor que es Cristo y su vicario que es el Papa”14. Esta es la realidad de la Iglesia en el mundo y en el seno de cada nación.  La misión de la Iglesia es, ante todo, el anuncio de Jesucristo con sus  implicaciones éticas para la persona, considerada en el ámbito de la familia y en el medio social y político. Éste no es un derecho concedido a la Iglesia, sino que nace del mandato divino de Jesús. “Vayan al mundo entero y anuncien el Evangelio”15.

17  Describe también el Padre Varela las vicisitudes y las luchas de la Iglesia por preservar su derecho de anunciar y extender el Reino de Dios. Usando el vocabulario de su tiempo, Varela emplea la palabra “trono” para significar el poder político y se expresa así: “La Iglesia...sólo espera del trono que remueve todo obstáculo civil que pueda oponerse a tan elevados fines: mas no depende del trono el que los consiga, antes al contrario, a veces para conseguirlos se ve la Iglesia en la dura necesidad de oponerse al trono para corregir sus demasías, como lo hizo San Ambrosio con el Emperador Teodosio  y lo han hecho otros  muchos santos prelados ...quiero sacarla (a la Iglesia) de una esclavitud en que no debe estar, haciéndola juguete del trono, sólo por suponer que le debe su existencia”16. En efecto, la Iglesia tiene su origen en Dios, de ahí nacen los derechos inherentes a su misión divina, y así el poder político no debe obstaculizar o impedir el anuncio del mensaje de Cristo, que la Iglesia debe hacer utilizando incluso los medios actuales de comunicación social, ni la labor educativa o caritativa de la Iglesia, ni nada que tenga que ver con la misión propia que Dios le ha confiado.

Es misión de la Iglesia sembrar esperanza.

18  Muchos hermanos nuestros se vuelven a la Iglesia en Cuba pidiendo una palabra de futuro, porque existe en el pueblo cubano un temor difuso y generalizado al porvenir: ¿cómo se desenvolverán los acontecimientos en nuestra nación?, ¿habrá una mejoría de nuestras condiciones de vida?, ¿se alcanzará la reconciliación entre todos los cubanos?, ¿podrá preservarse siempre entre nosotros el bien superior de la Paz? Siempre son los mejores y los más inquietos quienes manifiestan esta preocupación.

19  Faltan en Cuba propuestas que levanten el ánimo y acrezcan la esperanza, que susciten proyectos de vida personales y comunitarios donde brille un ideal noble y alto en los que todos puedan sentirse implicados. Se siente la ausencia de Varela y de Martí. No porque sus escritos y sus personas dejen de ser conocidos y apreciados, sino porque no hemos estructurado nuestra vida nacional según su espíritu. ¿Por qué haber acudido a otros pensadores foráneos, incluso con rango de fundadores de escuelas de pensamiento y acción, pero que en sus doctrinas, semillas de otros climas que no se dan en esta tierra,  no alcanzan la estatura ética de Varela ni el acento amoroso de Martí? Si Varela o Martí no hubieran sido nuestros habría que haber ido a buscarlos dondequiera que se hallaran, pero son de aquí y ellos nos remiten, cada uno a su modo, a Jesucristo, a la civilización cristiana que es la nuestra, donde brotó nuestra  nación y se desarrolló nuestra cultura. 

Nuestra cultura es cristiana.

20  Los sistemas de pensamiento, sean liberales o totalitarios, surgidos a raíz y después de la revolución francesa, han condicionado desde entonces en mayor o menor grado el poder político en occidente, teniendo en común su persistencia en tratar de socavar la civilización cristiana cuando les parece que se opone a sus programas. Para lograr este empeño comienzan por  pretender que la fe religiosa es una cuestión privada. Éste es el mejor modo de facilitar el proceso de des-cristianización, pues la Iglesia es empujada fuera de la escena pública y de un modo u otro su voz es silenciada o no escuchada.

21    Cuba es uno de los países de la América  hispana que más ha sufrido esta devastación: el desmonte de las instituciones, el barrido de las tradiciones, el borrado de la memoria colectiva, es decir, la exclusión de todo cuanto posibilita una imprescindible continuidad cultural, ha marcado la historia del siglo XX cubano.

La familia, la primera amenazada: el divorcio.

22  Ya en los años veinte del siglo pasado comenzaron a aprobarse  en nuestro país leyes de divorcio cada vez más concesivas, hasta hacer que el matrimonio hoy sea casi irrelevante, con el con-siguiente debilitamiento de la familia y la pérdida progresiva de su función social. Es frecuente encontrar hombres y mujeres con dos o tres divorcios en su historia personal. Más de la mitad de los niños cubanos nacen fuera del matrimonio.

El derecho a la vida.

23  El aborto se practicó abiertamente en Cuba desde la primera mitad del siglo XX. No sólo fue La Habana lugar de casas de juego y de prostíbulos por aquel entonces, sino sitio donde las extranjeras encontraban facilidades para abortar. Esas facilidades, extendidas siempre más hasta nuestros días, han creado una mentalidad abortista en buena parte de la población. A la frecuente supresión de la vida en el seno materno (y el crecido número de abortos es alarmante), se suma en Cuba la existencia de la pena de muerte y el hecho de que se haya aplicado hasta hace muy poco tiempo. Se estructura así en el pueblo cubano una concepción de la muerte como falsa solución a muchos problemas. El desprecio a la vida trae además consigo la violencia incontenida que lleva a matar o agredir para robar o para dirimir una querella. Aunque no se distingue el país por su alto índice de criminalidad, puede estar configurándose poco a poco entre nosotros una cultura de muerte, que suplanta la cultura sustentada por la civilización cristiana, promotora del valor de la vida como don sagrado de Dios. El derecho a la vida es obviamente el primero de los derechos del hombre, y se salvaguarda plenamente este derecho por los servicios médicos que se prestan a la población, pero también por la protección de la vida del ser humano desde su concepción hasta la muerte natural.

Cuba, cuida a tus familias.

 

24  Esta fue la llamada que nos hizo el Papa Juan Pablo II a todos los cubanos en su visita a nuestro País. La familia es la célula fundamental de la sociedad. Esta definición que aparece en nuestro Código de Familia, se origina en la Ley Natural. El ser humano y la familia donde él se integra, son anteriores al estado. Este anterior no es un adjetivo indicador de tiempo, sino de precedencia absoluta en el orden de las realidades existentes, lo cual quiere decir que la familia está primero que el Estado, que nunca se puede sacrificar el bien familiar porque el Estado así lo exija, que el Estado está para servir a la familia y no al revés.

25  Esto significa, además, que la familia es la primera responsable de la alimentación de los hijos, de su educación, de su cuidado, sea en el orden físico, moral o espiritual. Función del Estado es la de sostener subsidiariamente a la familia y ayudarla a cumplir dignamente su propia función.

Los derechos de la familia.

26  El Papa Juan Pablo II ha recordado al cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede en los primeros días de este año, la importancia de la Ley Natural, que está en la base del derecho de gentes, del derecho internacional y de todos los derechos, incluyendo los de la familia. La familia debe conocer bien sus derechos naturales para que ocupe el lugar que le corresponde en la sociedad: ni el Estado debe suplantar a la familia, ni la familia actual,  con el avance y la complejidad del mundo, puede prescindir de la protección del Estado. Es normal, además, que se creen otras organizaciones no estatales, sean económicas, educacionales, deportivas, artísticas, religiosas, que ayuden a la familia en su función educadora de los hijos según el deseo de los padres y con las normales regulaciones legales del Estado. Este es un derecho de las familias, del cual participa la Iglesia y que no debe ser impedido de ningún modo.

El derecho de la familia a la educación de los hijos.

27  En ocasiones no basta que las familias conozcan sus derechos, pues los programas estatales no están plenamente dentro del ordenamiento de la Ley Natural. Así en Cuba, a determinada edad y dependiendo de los distintos lugares de residencia, los padres de familia no tienen la opción de elegir para sus hijos entre una escuela de régimen interno y otra de frecuencia diaria viviendo el adolescente bajo el techo paterno; pues la única posibilidad que tiene el menor para realizar sus estudios es en régimen de internado. Así debe cursar el pre-universitario y en muchos casos la enseñanza secundaria.

28 Para algunos muchachos y muchachas provenientes de familias fraccionadas, con viviendas reducidas o inadecuadas, el internado puede ser una solución, aunque a ellos no les guste. Pero aún siendo estos casos lamentablemente numerosos, no son la regla general, pues un gran número de familias y de adolescentes, incluso con condiciones habitacionales deficientes, prefieren que   los menores realicen sus estudios en una escuela externa.

29  En los casos de familias bien constituidas la permanencia de los adolescentes en lugares lejanos fuera del hogar crea ante todo trastornos logísticos: suplir la alimentación del hijo o la hija, ir a verlos cuando no tienen salida, ir a buscarlos cada vez que van al médico, al dentista, etc. Y todo con grandes dificultades de transporte. Pero existen además las preocupaciones de los padres por el ambiente del internado donde viven sus hijos los años más difíciles de la vida sin el acompañamiento amistoso de los padres, que son  irreemplazables, y teniendo en muchos casos profesores demasiado jóvenes, sin experiencia y sin una adecuada formación ética. Escuchemos las advertencias del gran educador que fue el Padre Varela sobre este período de la adolescencia: “... el poco tino al manejar a los jóvenes en la edad más peligrosa de la vida es la causa de la desmoralización de muchos17 ... la edad que propiamente podemos llamar peligrosa es de quince a dieciocho años”18. Y es precisamente esta etapa de la vida juvenil señalada por el Padre Varela la que vive con frecuencia el adolescente cubano fuera del hogar. Los padres de familia cubanos que se hallan ante esta situación sienten temor a iniciaciones sexuales muy tempranas en unos y otras, a embarazos precoces, a riñas con violencia, robos frecuentes, etc; cosas todas que pueden ocurrir. El menor que no se ha visto implicado directamente en situaciones de este género cambia en muchas ocasiones su carácter, sea por vivir a la defensiva, sea por haber adoptado el estilo común para sobrevivir.

30  No es la primera vez que me refiero a este grave problema, pero al recordar al Padre Varela educador, considero que es oportuno insistir en darle una adecuada solución, para bien de muchas familias habaneras y cubanas. Este es un tema que siempre está presente en las reuniones del Movimiento Familiar Cristiano, en el Consejo Pastoral, en la Unión de Mujeres Católicas; donde aparece una y otra vez el normal reclamo de las familias de sus derechos respecto a la educación de sus hijos.

La educación católica.

31  Para las familias católicas, que se ven forzadas a aceptar para sus hijos el único modelo de educación existente, es causa de disgusto también que los domingos en que no hay salida de la beca los muchachos y muchachas se queden sin la celebración de la misa dominical o también que tengan que vivir los días de la Semana Santa sin participar en los oficios sagrados, incluso a veces los de Pascua de Resurrección. Afortunadamente el día de Navidad lo pasan ahora con sus familias, gracias a la petición hecha por el Papa Juan Pablo II en ocasión de su visita a Cuba. La ausencia de la escuela católica en Cuba es siempre una espina en el corazón de la Iglesia.

El cumplimiento de la Ley Natural en cuanto se refiere a la libertad de los padres respecto a situaciones reales  en la educación de sus hijos podría abrir caminos de esperanza para muchas familias cubanas.

Relaciones intrafamiliares.

32  Además de los factores históricos y externos que afectan la vida familiar en Cuba, hay otros factores intrafamiliares, relacionados con aquellos, que actúan como condicionantes dentro de la familia misma. Citemos uno de gran importancia, como es el desdibujamiento de la  figura del padre de familia. Es frecuente hoy la ausencia del padre, ausencia física o ausencia en la toma de decisiones, en el ejercicio de la autoridad familiar, en la representatividad  social de la familia. Los divorcios numerosos y frecuentes y las uniones libres, que dejan a los niños al cuidado de la mujer, hacen al hombre cada vez más irresponsable en el ámbito familiar.

33  Que la mujer tenga un papel en la sociedad y en la familia no significa que el hombre pierda el suyo. Impulsar un cierto estilo reivindicativo por parte de la mujer dentro del núcleo familiar, basado en su independencia económica, conspira contra la complementariedad del esposo y la esposa en una tarea común, como es la vida del hogar y la educación de los hijos. La figura del padre se hace cada vez más desvaída: trabaja fuera del lugar donde vive, pasa temporadas largas de estancia fuera del país, tiene varias ocupaciones que absorben su tiempo, etc., o está, pero es como si no estuviera. La mamá es quien lleva a los niños a la escuela, al médico, la que consigue el uniforme escolar y los zapatos del niño, va a las reuniones de padres en la escuela, que son más bien reuniones de madres. En Cuba se está instituyendo progresivamente un matriarcado y la crisis del padre afecta de modo creciente tanto al niño como a la niña y más tarde a los jóvenes. No conozco aún los datos del último censo, pero será interesante saber el número de hogares en Cuba que descansan sobre los hombros de una mujer sola. En esto ha tenido un peso devastador el extraordinario número de divorcios y uniones “libres”. Las perspectivas de futuro no son así halagüeñas, pues faltan paradigmas, modelos que las nuevas generaciones puedan tener ante sí para inspirarse en ellos. ¿Cómo podrán mañana crear un hogar, organizar su vida familiar, complementarse mutuamente en su amor de esposos y  formar a sus hijos, si de niños y adolescentes no vivieron nunca esa dulce experiencia en el hogar?

Revertir estas previsiones no es nada fácil, a menos que se cambien líneas actuales de orientación para hacerlas más acordes con la Ley Natural y que la mal llamada “educación sexual” sea reem-plazada por una verdadera “educación para el amor”, que tenga integralmente en cuenta al hombre y la mujer como personas diversas y complementarias y que facilite una formación capaz de mostrar a los jóvenes la senda para alcanzar un ideal y no la mecánica biológica para obtener placer “sin riesgos”.

Acoger los hijos que Dios envía.