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La Opinion

Abril del 2004

Organ Oficial de la Coordinadora Social Democrata

Contenido de esta Edicion:

Gabriel Zaid y los trucos del heroísmo por RAFAL ROJAS,MéXICO D.F.

 Respuesta al Caucus negro en USA

Reconocimiento a Manuel Guillot Castellano

El corredor cubano de la muerte por Leonardo Calvo Cárdenas, La Habana

'Looking for Fidel':una mirada a los engaños de Castro y a la imaginación de Stome,por Marifeli Pérez Stable

 

IEC-2004 XXXV Aniversario
Convocatoria / Tercer Aviso (FINAL)

Después de más de tres décadas construyendo un espacio de pensamiento crítico y encuentro democrático para el análisis de la realidad cubana, el Instituto de Estudios Cubanos (IEC) en su XXXV Aniversario se propone enriquecer su patrimonio y renovarse para continuar su labor en el futuro.

En todos estos años ha consagrado una actitud de apertura a la diversidad de experiencias y pluralidad de enfoques en su obra de pensar y repensar todo lo cubano. A partir del 2004, también, se abre a las nuevas generaciones para que se responsabilicen con el trabajo de buscar propuestas, políticas y estrategias de solución a los cruciales problemas contemporáneos cubanos en cualquier campo de interés.

 

Gabriel Zaid y los trucos del heroísmo
La Habana o Washington, Castro o Reagan. El desvanecimiento de los centros de producción ideológica de la mitología revolucionaria.
por RAFAEL ROJAS, México D.F.
 

El poeta mexicano Gabriel Zaid ha cumplido 70 años. Autor de ensayos decisivos sobre la vida intelectual y política de México en las tres últimas décadas, como La economía presidencial, El progreso improductivo, De los libros al poder y Los demasiados libros, Zaid fue, junto con Daniel Cosío Villegas, Octavio Paz y Enrique Krauze, uno de los críticos más elocuentes del régimen del PRI desde la inmensa tradición liberal mexicana. En las páginas de las revistas Plural y Vuelta, Gabriel Zaid ejerció con frecuencia la crítica
El Progreso
paralela del autoritarismo mexicano y el totalitarismo cubano: dos regímenes que, a pesar de sus diferencias, sellaron una alianza simbólica muy funcional que se deshizo a mediados del sexenio de Ernesto Zedillo. Además de la crítica al priísmo presidencialista y al castrismo socialista, asumida esta última desde los años de la represión contra el poeta Heberto Padilla, Zaid dedicó muchos artículos al análisis de las guerrillas de El Salvador y Nicaragua. Esa contribución, menos conocida, es la que quisiera glosar en las páginas que siguen.

Hace apenas veinte años, los artículos sobre las revoluciones centroamericanas que Gabriel Zaid publicó en Vuelta y que luego fueran recogidos en el último capítulo de De los libros al poder, provocaron airadas reacciones en círculos autoritarios, cercanos a los gobiernos de José López Portillo y Miguel de la Madrid y a la oposición radical de izquierda en México. Hoy, después de la caída del Muro de Berlín, de la desintegración de la URSS, de las difíciles transiciones a la democracia en Europa del Este y América Latina, del fin del régimen priísta y del ocaso de la revolución cubana, aquellas críticas pueden leerse como vislumbres de cualquier izquierda postcomunista, respetuosa del nuevo pacto democrático y dispuesta a alcanzar el poder por vías pacíficas y electorales.

En la polarización de aquel último tramo de la Guerra Fría, marcado por las presidencias aparatosas de Ronald Reagan y el primer Bush, posiciones como la de Paz, Zaid o Krauze eran percibidas como gestos de complicidad con Washington, cuando no como dictados ideológicos de la mismísima CIA. La izquierda autoritaria de entonces, que hoy intenta rearticularse frente a una administración fiel a ese linaje imperial, dividía el mundo latinoamericano en dos opciones: La Habana o Washington, Fidel o Reagan. Entre esas dos entidades, que la mitología revolucionaria concebía como los únicos centros legítimos de producción ideológica, eran impensables cualquier discurso autónomo o cualquier crítica intelectual que no fueran mero proselitismo de una u otra iglesia. La consigna "¡Reagan rapaz, tu títere es Octavio Paz!" —cuya métrica elemental recuerda otras congas del socialismo habanero como "¡Clinton rufián, devuélvenos a Elián!"—, coreada en plena avenida Reforma, es ilustrativa de aquella mentalidad crispada y paranoide.

¿Por qué irritaban tanto las críticas de Gabriel Zaid? El primero de aquellos artículos, titulado Colegas enemigos: una lectura de la tragedia salvadoreña y publicado en Vuelta en 1981, intentaba reconstruir el disperso y ambiguo mapa de las múltiples tendencias políticas que componían la izquierda y la guerrilla de El Salvador en los años 70. Zaid no sólo advertía que políticos tan disímiles como José Napoleón Duarte, Guillermo Manuel Ungo, Enrique Álvarez Córdoba y Arturo Armando Molina habían pasado sucesivas temporadas de amistad y encono, sino que las organizaciones de la izquierda salvadoreña involucradas en el conflicto llegaron a ser más de cuarenta, entre las cuales el Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional (FMLN) era sólo una más. "La integración —dice Zaid— implica un trago amargo para todos los que encabezan (menos uno): dejar de encabezar".

Esa atomización, generada por un ejercicio dogmático de la ideología y la política, que rechaza el entendimiento y la transacción en nombre de la pureza revolucionaria, desembocó en "trágicos accidentes" y ejecuciones sumarias dentro de la guerrilla como los de los comandantes Jovel, Ana María y Marcial y la del poeta Roque Dalton, acusado, entre otros cargos más bien teóricos ("liberalismo", "indisciplina", "tendencias pragmáticas burguesas", "intelectualismo pequeño burgués", "historicismo", "interpretaciones funcionalistas y esquemáticas de la realidad"…) nada menos que de doble agente de Cuba y la CIA. Pero a pesar de ser un lector de poesía tan atento, Zaid desdeñó, junto con el imaginario político de Dalton, los buenos momentos de ironía e ingenio que abundan en el cuaderno de Praga, Taberna y otros lugares (1969) o en los poemas casi nihilistas de Un libro levemente odioso (1992). A este cuaderno inconcluso pertenece un epigrama que resume la tragedia de Roque Dalton, hijo descarriado del Saturno guerrillero: "Juro que lo oí decir/ salvo en una sociedad completamente justa,/ lo mejor de la vida es ser jefe". Esa voz que escuchó Roque Dalton en las selvas de Centroamérica, días antes de ser asesinado por sus propios compañeros de armas, era la de todos los caudillos que ha dado el autoritarismo latinoamericano en dos siglos de penoso devenir.

En su ensayo sobre el caso nicaragüense (Nicaragua: el enigma de las elecciones), escrito en 1985 a raíz del proceso electoral que llevó a Daniel Ortega a la presidencia de ese país centroamericano, Zaid describió una fragmentación de las fuerzas revolucionarias, similar a la salvadoreña, únicamente sopesada por la causa común del antisomocismo. Además de las fricciones entre los nueve comandantes del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), agrupados a su vez en tres facciones, y de líderes de tan diversa orientación ideológica como Sergio Ramírez, Moisés Hassán, Violeta Chamorro, Alfonso Robelo o Monseñor Miguel Obando, la revolución triunfante se precipitaba hacia formas autoritarias de gobierno y enfrentaba una oposición armada por Estados Unidos. Las tres facciones militares del FSLN, integradas por guerrilleros poetas, tenían nombres conceptuales: Tendencia Insurreccional Tercerista, Guerra Popular Prolongada y Tendencia Proletaria.

 

Zaid, contrario a lo que algunos de sus detractores afirmaron, no pasó por alto el papel de la administración Reagan en la guerra civil nicaragüense. Sin embargo, el énfasis de su argumentación estaba puesto en la certeza de que el origen del conflicto postrevolucionario, tan hábilmente capitalizado por Washington, Moscú y La Habana, se hallaba "adentro y arriba", en la rivalidad entre las élites sandinistas: "la causa inmediata de la guerra civil es la hegemonía interna, no la externa. Reagan aprovecha, no crea, la ruptura en la cúspide interna". De modo que el análisis, sin eludir la mezcla de conflictos que abruma las sociedades centroamericanas, debía concentrarse en las tensiones políticas entre los revolucionarios en el poder o, más bien, en el estudio del tipo de política que producen las élites de una revolución.

Todas las revoluciones trastornan el orden establecido y desatan una frenética movilidad social que, en ausencia de nuevas jerarquías e instituciones políticas, asciende a través de lealtades caudillistas creadas durante la etapa insurreccional. Así fue en Francia, en Rusia, en China y en Cuba, con independencia del tiempo que le tomara a Napoleón, a Stalin, a Mao o a Castro imponer un mandato único sobre los demás liderazgos. En México, a diferencia de las tres grandes revoluciones comunistas del siglo XX —la soviética, la china y la cubana—, el sometimiento de facciones y caudillos fue obra sucesiva de varios jefes militares (Carranza, Obregón, Calles, Cárdenas), pero también de la capacidad integradora y corporativa de un partido. Sólo que ese partido, el PRI, se concibió como una asociación autoritaria —no totalitaria—, capaz de coexistir con una oposición controlada y cierto margen de libertades públicas.

Desde esta idea de la revolución en la historia de Occidente, Zaid se asomó a la experiencia de las guerrillas centroamericanas. La multiplicación de caudillos y tendencias políticas, en El Salvador y Nicaragua, se le reveló como un conflicto de intereses particulares dentro de la élite revolucionaria. Siguiendo la pauta de Silvio Zavala en sus estudios sobre la conquista de la Nueva España, Zaid demandó, pues, un análisis de los intereses particulares que encarnan los héroes de una guerrilla: "¿quiénes son los propietarios de una revolución? ¿quiénes tienen derecho a las posiciones privilegiadas? ¿cómo se reparte?". Preguntas de historiador a las que Zaid respondió con una afirmación de filósofo: "los que se dejan arrastrar por el discurso heroico, suelen lamentar la desunión, la atomización, las pugnas entre grupos revolucionarios, como si fuera natural que los intereses particulares subordinen al interés general".

Justo ahí, en la crítica racional de un proceso tan mítico, tan religioso como una revolución latinoamericana, se fraguaba la mayor herejía. El heroísmo revolucionario, a diferencia del heroísmo clásico que narrara Plutarco o del heroísmo romántico que describen las biografías de Emerson y Carlyle, no admite compensación entre vicio y virtud, entre genio y perversión. El héroe revolucionario moderno (Robespierre, Lenin, Mao), y, especialmente, el héroe revolucionario moderno latinoamericano (Bolívar, Martí, Zapata, Sandino, el Che, Fidel…) aparece en las ideologías guerrilleras como una criatura inmaculada, un dechado de virtudes, un santo laico —y en algunos casos, ateo— siempre desprovisto del maquiavelismo que implica la lucha por el poder. En esa imposición del liderazgo único, Fidel Castro ha sido, sin lugar a dudas, el caudillo más exitoso de la historia latinoamericana. Su éxito, como advierte el poeta Gabriel Zaid, se debe en buena medida a un talento político puro, estrictamente maquiavélico, que mantiene a raya los escrúpulos morales, las dubitaciones teóricas y los sentimientos poéticos y que lo diferencia radicalmente de mártires guerrilleros como el Che Guevara o el propio Roque Dalton. La ventaja de Fidel sobre esa guerrilla poética, cuya última manifestación ha sido toda una parodia, el Subcomandante Marcos, es que Castro sigue un itinerario al revés: él no va de los libros al poder, sino del poder a los libros.

En este punto, el del rechazo a toda despolitización religiosa del heroísmo revolucionario, la crítica de Zaid insinúa una suerte de teología política liberal, heredera del Cosío Villegas de Extremos de América y del Paz de El ogro filantrópico y hermana del Krauze de Por una democracia sin adjetivos, que defiende la secularización de la vida pública en sociedades católicas. La "urgencia moral de la teología de la perfección", que caracteriza al discurso revolucionario, impone un tabú: la pugna por el poder dentro de la élite. Se habla de "voluntad general", de "lucha de clases", de "unidad entre el pueblo y la revolución", pero se oculta la tecnología despótica que garantiza la conquista y, en su caso, la preservación del poder hasta la muerte. Esa tecnología, basada en una serie de mañas o trucos funcionales, como el síndrome de plaza sitiada, la militarización de la sociedad, la lealtad incondicional al caudillo, la subordinación de las libertades públicas a la seguridad nacional, es el trasfondo instrumental del heroísmo revolucionario.

Pero en cualquier revolución, como dice Zaid, es ineludible el "problema de los héroes", ya que "después de la vida heroica, disciplinada y clandestina de las guerrillas, no ha de ser fácil quitarse las botas". Sobre todo cuando se trata de guerrilleros letrados, de clase media, como tantos líderes nicaragüenses y salvadoreños, que subían a las montañas con una nutrida y variopinta dotación de lecturas marxistas y estructuralistas. El canon doctrinario de aquellas "guerrillas universitarias" (Marx, Lenin, Mao, Guevara, Debray, Althusser, Gramsci, Fanon…) se estrellaba contra el catolicismo telúrico del campesinado y el fracaso de la movilización hacía emerger la querella política entre las élites. La crítica liberal, afirma Zaid, consiste en distinguir esos "intereses particulares disfrazados de interés general" que se esconden tras un "idealismo que se pone las botas".

La historia reciente de Nicaragua y El Salvador ha dado la razón a Zaid. Antiguos guerrilleros como Daniel Ortega, Joaquín Villalobos y Shafick Handal son hoy políticos civiles que representan intereses particulares y que aceptan el nuevo pacto de las nacientes democracias nicaragüense y salvadoreña. Esos intereses, que se reflejan en una porción de votos de la ciudadanía electoral, determinan la autoridad acotada que pueden ejercer dichos líderes, ya sea en el gobierno o en la oposición. El trance revolucionario, ese interregno utópico en que la Nación y el Estado, el pueblo y el gobierno, la sociedad civil y la sociedad política parecían fundirse bajo una personificación mesiánica de la voluntad general, se ha desvanecido y el trucaje del heroísmo ha quedado al descubierto. El nuevo régimen no es más que una democracia imperfecta, desigual y corrupta, pero que permite alcanzar sin sangre el poder dividido de la república.

 

 

                  Canto a Manuel

 

Manuel Guillot Castellanos, fué fusilado

El 30 de Agosto 1962. tenía 23 años de edad

 

 

¿ Les han contado la historia de ese hombre

que a la muerte lo llevan maniatado ?

Insultan, calúmnian; odian su nombre

Y leescupen si pasa por su lado.

Es el hijo de Dios; aunque te asombre

! es el Cristo de nuevo ha regresado ¡

 

El camina silente: no responde.

Lamirada es la paz, si lo han vejado.

Si tiene algún temor el se lo esconde

A todo su enemigo ha perdonado

! El levanta la frente con certeza

del que cumple el deber que le ha tocado ¡

 

No ponen espinas en su cabeza

Ni clavos sus carnes han desgarrado.

! ya no usan como entonces la rudeza

de clavarle una lanza en el costado ¡

ahora matan con sutíl destreza,

porque el crimen se volvió legalizado.

 

El Cristo ha regresado nuevamente.

Hoy vuelve a perdonar nuestro pecado.

! Viene a entregar su sangre de inocente

como pago a ese dios tanto negado¡

 

Ya lo sacan del poste de la muerte,

Con el cuerpo y el rostro ensangrentado.

Y no hay voz, del este ni el oeste

Ni tampoco del sur ni del norte helado

Que recrimine, en tono duro y fuerte,

! la muerte de este Cristo fusilado ¡

 

                   

 Justa es la muerte de un hombre

Cuando en su tumba, de flores se depositan

Recuerdos, y en homenaje de respeto se le

Cubre con el manto sagrado de la Pátria agradecida
 
                    Modesto Garcia

                    Marina de guerra

                    Brigada 2506

 

 

Carta abierta al "Caucus Negro" del Congreso de los EE.UU.
 
Félix A. Bonne Carcassés

 

 

En mi condición de negro cubano que se opone al actual gobierno de su país, dirijo este documento a ustedes, norteamericanos de mi misma raza que han sido elegidos democráticamente para representar a sus conciudadanos en el Congreso Federal.

Creo que esta carta es necesaria porque la impresión que se recibe cuando se escuchan las declaraciones que de tiempo en tiempo formulan algunos de ustedes en relación con Cuba, es la de que están mal informados acerca de la realidad de mi Patria, y que esto se refleja de manera negativa en las decisiones que adoptan y en los pronunciamientos que hacen, lo cual no es bueno para los pueblos de Cuba y de los Estados Unidos, ni para las relaciones entre nuestros dos países vecinos.

Concretamente: a juzgar por esas declaraciones públicas, algunos, de ustedes parecen estar bajo la impresión de que, en la Cuba de antes de 1959, los descendientes de africanos sufríamos una discriminación similar a la que padecían por aquellas mismas fechas los de los Estados Unidos; siempre según esa versión inexacta de la historia, habría sido la Revolución Cubana encabezada por Fidel Castro la que puso fin a tanta ignominia... Todo esto es un grave error y una gran distorsión de la realidad.

Desde los inicios mismos del alzamiento contra el colonialismo español, el naciente Estado Cubano insurrecto decretó la libertad de los esclavos. En las filas de nuestro Ejército Libertador lucharon codo a codo cubanos blancos y cubanos de piel oscura, y muchos de estos últimos alcanzaron las más altas posiciones. Como dijera poéticamente el Apóstol de nuestra Independencia, José Martí, por los carpos de Cuba volaron juntas al cielo las alnas de los blancos y do los negros...

Algo parecido puede decirse de la etapa posterior a 1902, cuando la República de Cuba fue reconocida internacionalmente: Un negro cubano, Juan Gualberto Gómez, fue delegado a la Convención Constituyente, representante y senador, además de director de varios, periódicos; otro (Martín Morúa Delgado) fue presidente del Senado; un mestizo (Fulgencio Batista) fue jefe del Ejército y hombre fuerte del país entre 1933 y 1939, en 1940 fue elegido democráticamente como presidente de la República (1940-44), y años más tarde, tras un funesto golpe de estado, volvió a ejercer el mando supremo (1952-59).

En Cuba no rigió ninguna disposición comparable a las tristemente célebres "leyes de Jim Crow"; por el contrario; la Constitución prohibía la discriminación racial de modo expreso. No hubo afrocubano alguno al que se le limitara en el ejercicio del derecho al voto; a ninguno se le segregó en un medio de transporte, ni se le impidió al acceso a una escuela publica, un hospital o una universidad. En nuestra Liga Invernal de béisbol, atletas de diferentes razas competían amigablemente dentro de los mismos equipos, lo que sirvió de escuela a muchos jugadores norteamericanos en la época en que todavía existía la segregación racial en ese deporte. Un mulato (Antonio Maceo) era reconocido unánimemente como el guerrero nacido en Cuba que más se había destacado en nuestras luchas por la independencia, y la fecha de su caída en combate (el 7 de diciembre) era el único día de duelo nacional, en el que se recordaba a todos los cubanos muertos en la brega por la libertad. El Cuartel Moncada, asaltado por Fidel Castro y sus seguidores el 26 de julio de 1953, llevaba el nombre de un general negro de nuestras guerras independentistas…

En resumen; que la situación del afrocubano antes del triunfo de la Revolución, no admitía comparación con la que sus congéneres de Estados Unidos sufrían por esa misma época.

Debo aclarar que, con esto, no pretendo negar absolutamente que existieran prejuicios raciales, e incluso algunas manifestaciones marginales de discriminación; dificultad en el acceso a los puestos de trabajo mejor remunerados, prohibición de entrada a hoteles de lujo y clubes privados (aunque hay que decir que también había sociedades "de color" que a su vez no admitían blancos), segregación en algunos parques públicos de determinadas ciudades del interior del país.

Hasta aquí he hablado de la Cuba pre-revolucionaria. ¿Qué decir de la de ahora?

Es cierto que, en los primeros meses que siguieron al triunfo revolucionario de enero de 1959, fueron eliminadas algunas de las más absurdas prácticas discriminatorias arriba mencionadas; no obstante, el examen de los hechos objetivos nos permite afirmar que estos últimos 45 años no han representado, para el negro cubano, un cambio radical en su situación.

Al respecto, quisiera limitarme a hacerles algunas preguntas concretas; ¿Se han fijado ustedes a qué raza pertenece la gran mayoría de los habitantes de conventillos y otras viviendas precarias? ¿O la población penal de Cuba? ¿O las prostitutas o "jineteras"? ¿O –en su momento– los llamados "combatientes internacionalistas" que eran enviados a matar y morir al África y a otros continentes?

Y, por el contrario: ¿Cuál es la proporción de negros o mulatos en los altos círculos del poder? ¿Y entre los trabajadores del turismo u otras esferas codiciadas por la facilidad de acceso al dólar?

O también: ¿En qué lugar de Cuba hay una catedral o una simple iglesia consagrada a los muy difundidos cultos afrocubanos (como –por ejemplo– si ha sucedido recientemente con una catedral para la iglesia ortodoxa griega?

Creo que si ustedes tratan de contestar con honestidad esas preguntas, coincidiremos en muchos puntos. Por lo demás, los cubanos de ascendencia africana sufrimos los mismos males que nuestros compatriotas de origen europeo: No podemos organizar partidos políticos opositores ni presentar candidatos independientes a las llamadas “elecciones”, ni comprar o alquilar un auto nuevo ni decenas de otros artículos…, y así otras muchas limitaciones más. ¡Y todo ello no por ser negros, sino por ser cubanos!... Es decir: que nosotros sufrimos en nuestra propia tierra una discriminación nueva y aún más humillante.

No hay que asombrarse –pues– de que en las filas de la oposición al régimen totalitario comunista haya no pocos activistas de ascendencia africana: Un negro, Jorge Luis García Pérez (“Antúnez”), es actualmente el preso político más antiguo; un médico mulato (el doctor Oscar Elías Biscet), uno de los más conocidos internacionalmente; otros forman parte del “Grupo de los 75”, detenidos y sancionados en menos de tres semanas, en procesos carentes de las más elementales garantías procesales, por disentir del régimen imperante. Los tres jóvenes que, por intentar secuestrar de modo incruento una lancha fueron acusados, juzgados y fusilados en menos de una semana, eran de la raza negra.

¿No creen ustedes, distinguidos señores congresistas, que todas esas realidades merecen de su parte una reconsideración de la imagen de admiración y virtual apoyo al régimen comunista cubano que ofrecen esos pocos de entre ustedes? ¿No sería correcto que, para contrarrestar esa impresión, los que no han actuado de ese modo ni comparten esos criterios expliciten su condena al régimen totalitario cubano y su apoyo a los que luchan pacíficamente por la libertad?

Créanme que si en alguna ocasión futura ustedes visitan Cuba, yo tendría el más vivo placer en responder personalmente a todas sus inquietudes al respecto.

Atentamente,

39061301765
VIE 0372030
Félix Antonio Bonne Carcassés
Gestor Principal de la
Asamblea para promover la Sociedad Civil en Cuba

Jueves 11 de marzo de 2004
Ciudad de La Habana, CUBA

 

El corredor cubano de la muerte
¿Puede el Estado arrogarse el derecho de decidir sobre la vida de un ciudadano?
por LEONARDO CALVO CáRDENAS, La Habana
 

Circunstancias como la existencia, en las leyes penales cubanas, de alrededor de 30 figuras jurídicas que pueden implicar la aplicación de la pena máxima, la total dependencia estatal del ejercicio del derecho y la función judicial, la ausencia de transparencia informativa sobre los procesos y la inexistencia de mecanismos de control y cuestionamiento social, hacen que la pena de muerte tenga en Cuba un peligro mucho mayor del que se estima.

Familiares de Copello
Fusilamientos de 2003: Un crimen de Estado.

El fusilamiento inesperado e injustificable, en abril del año pasado, de tres jóvenes cubanos que realizaron una acción delictiva sin consecuencias fatales, puso en el orden del día las perspectivas y referencias de nuestra sociedad sobre un asunto tan trascendental.

El hecho de que en pocas horas, sin dar a los jueces —que ya de por sí no tienen libertad— la posibilidad de reflexionar sobre el caso, tres cubanos fueran mal juzgados, condenados y ejecutados, llama a la inquietud y la indignación. Es cierto que el hecho provocó conmoción, malestar y rechazo en amplios sectores de la población, pero tal impacto no deja de tener connotación circunstancial.

La arbitrariedad y discrecionalidad con que las autoridades cubanas ejercen su poder absoluto provoca que, según sus conveniencias, adopte proyecciones extremas y contradictorias a la hora de aplicar la pena máxima.

Puede ejecutar en 72 horas a reos —como los mencionados protagonistas de los sucesos de abril de 2003— cuyo delito está lejos de conllevar la sanción más severa; puede ejecutar en sólo un mes al "más grande héroe militar de la historia de la revolución" (el general Arnaldo Ochoa), aunque la certeza de su inocencia crezca a medida que pase el tiempo; puede dejar en un agobiante limbo jurídico a reos como Humberto Eladio Real Suárez, joven cubano que en una acción de infiltración, a principios de la década de los noventa, provocó la muerte de un ciudadano. O el joven salvadoreño que en el verano de 1999 realizó varios atentados con bombas en centros turísticos de la capital, causando la muerte de un turista italiano.

En lo que puede antojarse como el oscuro corredor cubano de la muerte, esperan en silencio estos dos hombres, condenados a muerte en primera instancia. Esperan durante años (8 y 4, respectivamente) la celebración de la vista en el Tribunal Supremo, según prevé para estos casos la ley penal vigente.

La Coalición Diálogo pro Derechos de Cuba, en su declarado esfuerzo por promover la cultura y el debate sobre los derechos humanos, ha emprendido una campaña que impulsa la creación de espacios de debate sobre la pena de muerte y la recogida de firmas para expresar ante las autoridades de la Isla la solicitud de una moratoria legal sobre las ejecuciones.

El derecho a la vida es un concepto amplio y abarcador, pero una de sus zonas más sensibles y complejas es la situación concreta de las instituciones gubernamentales y judiciales ante este problema. La existencia misma de la pena de muerte como condena posible tiene enormes repercusiones en la seguridad ciudadana. Así como en la percepción social sobre el natural equilibrio que debe existir entre las garantías plenas a la integridad de los individuos y el correcto tratamiento a las más peligrosas conductas criminógenas.

En las naciones latinoamericanas, donde ciertamente el derecho a la vida no goza de muy buena salud, se ha logrado, sin embargo, que las leyes e instituciones estén libres de esa pesada carga. El Estado y las instituciones no disponen de la vida humana, desde el poder no se responde al irrespeto del derecho a la vida con la misma acción.

Cuando las sociedades toman conciencia y convicción suficientes como para obviar la "vía más fácil" de enfrentar el crimen, se ponen en el camino indicado para buscar los mecanismos idóneos, pero humanistas, para prevenir el delito y, sobre todo, educar a los ciudadanos en el respeto a la vida ajena.

Cuba necesita que en todos los niveles y espacios de la sociedad se confronten y ventilen de manera abierta, transparente y desprejuiciada los argumentos que rechazan y respaldan la utilización de la pena de muerte, para que no quede sólo en manos del poder la determinación única y última sobre la vida de los seres humanos.

A estas alturas del desarrollo humano, una sociedad que no haya encontrado mecanismos idóneos para prevenir y castigar el delito, sin necesidad de llegar al extremo terminal e irreversible, es una sociedad fracasada. Una sociedad donde sólo aflora un asunto de tal magnitud cuando el gobierno decide ejecutar a un ciudadano, es una sociedad enferma. Una sociedad donde no existe debate alguno sobre un tema que se vincula con el derecho más elemental, es una sociedad condenada.

Queda claro que no sólo los ciudadanos cubanos están desprotegidos ante el Estado, en cuanto a las decisiones sobre su vida. Cualquiera está en peligro de ser ejecutado, sólo por el incontestable designio del poder, que en la defensa de sus intereses, juega tanto con la vida de los condenados como con los sentimientos de sus allegados, sean cubanos o extranjeros.

Es hora de que las instancias políticas y judiciales de la Isla sean ganadas por el humanismo y la sensatez. Es hora de que no dispongan más de la vida ajena y se comprometan a asumir la responsabilidad de encontrar mecanismos eficaces en la prevención del delito, sin sembrar el terror en los ciudadanos y el luto en nuestras familias.

El primer paso para enfrentar y resolver un problema es reconocer que existe. El primer paso para crecer, humanamente como individuos y colectividad a través de la abolición de la pena de muerte, es que en el tan necesario debate sobre el tema participemos todos.

Según lo expresado por sus animadores, en el acto de presentación de la campaña por el derecho a la vida y contra la pena de muerte, la Coalición Diálogo pro Derechos no declina la responsabilidad y satisfacción de impulsar y participar en este debate.

 

c u b a e n c u e n t r o . c o m
Encuentro en la red
- Diario independiente de asuntos cubanos
Jueves, 22 de abril de 2004
Opinión
'Looking for Fidel': una mirada a los engaños de Castro y a la imaginación de Stone
por MARIFELI PéREZ-STABLE, Miami
 

Antes de ver Looking for Fidel, estaba segura de que me enojaría con Oliver Stone. Después me indigné, pero con Fidel Castro.

F. Castro
Castro, Stone: Actor, director, escenografía y atrezo.

Stone es un realizador contundente que se toma amplias licencias con la Historia. Llegó a la madurez en los sesenta, cuando la revolución cubana brillaba en los ojos de millones de personas y la guerra de Vietnam sembraba la ira. Todavía percibe a Castro como el gran revolucionario que se rebelaba.

Cuatro décadas después, sin embargo, Castro el dictador ha eclipsado a Fidel el revolucionario. Quedan su encanto intermitente, su agudeza y su astuta inteligencia. Las críticas a Looking for Fidel, película emitida el 14 de abril en EE UU por HBO, y de su primera versión, Comandante, retirada por ese mismo canal tras la represión contra activistas democráticos y las ejecuciones sumarísimas de tres secuestradores en la primavera pasada, tienen todo el derecho a mostrar su inconformidad con la entrevista.

Ciertamente, muchos espectadores opuestos a Castro podrían sentirse fascinados por su lado más atractivo y reírse o sonreír en alguna que otra escena del documental, lo que no significa, por supuesto, que cambien de opinión. Lo importante es el material dramático del que dispone el consumado caudillo en su ancianidad. Falsamente, Castro invoca los límites constitucionales de su poder y el "sentido del deber", que le impiden dejar su cargo a alguien más joven.

El poder inevitablemente impone una distancia entre aquéllos que lo ostentan y el resto de nosotros. Si esto es cierto para líderes elegidos libremente, aún lo es más para un hombre que ha gobernado sin restricciones un país durante cuarenta y cinco años.

En el momento más álgido del documental, encontramos una escena muy impactante: ocho hombres, arrestados por el intento de secuestro de un avión, están sentados con Castro en una habitación, mientras Stone les hace preguntas. La escena nos ofrece los límites despreciables del poder de Castro. Éste asume una postura de imparcialidad, evoca las posibilidades de una agresión norteamericana y les dice a los hombres que tanto él como Stone sólo pretenden comprender los "mecanismos psicológicos" que provocaron sus acciones.

Los prisioneros aducen razones económicas, no políticas. Aceptan su culpabilidad y ruegan sentencias de treinta años de privación de libertad en lugar de cadena perpetua. Su indefensión frente al Comandante —cuya mera presencia constituye un despotismo psicológico— resulta sobrecogedora.

 

No es posible que Stone se haya dejado engañar por este intercambio. Sí, al parecer, acepta el contexto que aduce Castro para la represión de los disidentes: "la insistente amenaza de Estados Unidos a la soberanía de Cuba". De hecho, de acuerdo con el documental, Washington brindó una excusa fácil para la represión del año pasado con sus "intensos contactos con el movimiento pro-democracia en la Isla".

F. Castro
Castro, Stone: El dictador en su laberinto.

La causa real, sin embargo, fue interna. Desde 2000, el régimen se ha visto paralizado en sus acciones dentro de la economía. La mayor parte de la dirigencia probablemente esté a favor de reformas económicas profundas, como las puestas en práctica en China y Vietnam. Sin embargo, Castro se opone a tales vendavales del capitalismo.

Tener a Estados Unidos como telón de fondo le ofrece un pretexto para mantener una atmósfera de crisis que intimida a los reformistas y los obliga a volver al redil disuadiéndolos de una política eficaz.

Las razones de por qué tantos cubanos desean emigrar, por ende, no son tan encasillables. La política de Castro se adelanta a la creación de oportunidades internas que, con toda probabilidad, disiparían algunas de las urgencias por abandonar la Isla.

Looking for Fidel está forzosamente adornado con imágenes de Castro entre las masas, y así también se presentan, inevitablemente, retrospectivas de un joven Castro. Pero cuánta diferencia hay en estos 45 años. Las primeras escenas están llenas de vida, espontaneidad y esperanza; las nuevas parecen viciadas, cansadas y pavlovianas. Sin duda, algunas de las personas —en las tomas contemporáneas— que gritan "Fidel, Fidel" son sinceras, pero no existe ningún medio para comprobarlo, pues casi toda Cuba semeja un pueblo Potemkin, lo que —más que cualquier acción norteamericana— constituye el talón de Aquiles del régimen.

Quizá Stone piense que ha descubierto a Castro. No importa. Si el director no hubiera creído en el gran revolucionario, Castro no le hubiera permitido filmar sesenta horas de película. Y eso sí hubiera importado. Habríamos sido privados de ver al dictador en su laberinto, de contar con un documento con gran valor para los historiadores tras la muerte de Castro.

La Historia —y no los engaños del Comandante ni la imaginación de Stone— no absolverá al dictador cubano. Inconscientemente, tampoco lo hará Looking for Fidel.

 

 

 

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