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El reino de la doble
moral,por Carmelo Mesa-Lago
Articulos Prensa Internacional
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La Opinion Abril del 2004 Organ Oficial de la Coordinadora Social Democrata Contenido de esta Edicion: Gabriel Zaid y los trucos del heroísmo por RAFAL ROJAS,MéXICO D.F. Respuesta al Caucus negro en USAReconocimiento a Manuel Guillot Castellano El corredor cubano de la muerte por Leonardo Calvo Cárdenas, La Habana
IEC-2004
XXXV Aniversario
Después de más de tres décadas
construyendo un espacio de pensamiento crítico y encuentro democrático para
el análisis de la realidad cubana, el Instituto de Estudios Cubanos (IEC) en
su XXXV Aniversario se propone enriquecer su patrimonio y renovarse para
continuar su labor en el futuro.
Zaid, contrario a lo que algunos de sus detractores afirmaron, no pasó por alto el papel de la administración Reagan en la guerra civil nicaragüense. Sin embargo, el énfasis de su argumentación estaba puesto en la certeza de que el origen del conflicto postrevolucionario, tan hábilmente capitalizado por Washington, Moscú y La Habana, se hallaba "adentro y arriba", en la rivalidad entre las élites sandinistas: "la causa inmediata de la guerra civil es la hegemonía interna, no la externa. Reagan aprovecha, no crea, la ruptura en la cúspide interna". De modo que el análisis, sin eludir la mezcla de conflictos que abruma las sociedades centroamericanas, debía concentrarse en las tensiones políticas entre los revolucionarios en el poder o, más bien, en el estudio del tipo de política que producen las élites de una revolución. Todas las revoluciones trastornan el orden establecido y desatan una frenética movilidad social que, en ausencia de nuevas jerarquías e instituciones políticas, asciende a través de lealtades caudillistas creadas durante la etapa insurreccional. Así fue en Francia, en Rusia, en China y en Cuba, con independencia del tiempo que le tomara a Napoleón, a Stalin, a Mao o a Castro imponer un mandato único sobre los demás liderazgos. En México, a diferencia de las tres grandes revoluciones comunistas del siglo XX —la soviética, la china y la cubana—, el sometimiento de facciones y caudillos fue obra sucesiva de varios jefes militares (Carranza, Obregón, Calles, Cárdenas), pero también de la capacidad integradora y corporativa de un partido. Sólo que ese partido, el PRI, se concibió como una asociación autoritaria —no totalitaria—, capaz de coexistir con una oposición controlada y cierto margen de libertades públicas. Desde esta idea de la revolución en la historia de Occidente, Zaid se asomó a la experiencia de las guerrillas centroamericanas. La multiplicación de caudillos y tendencias políticas, en El Salvador y Nicaragua, se le reveló como un conflicto de intereses particulares dentro de la élite revolucionaria. Siguiendo la pauta de Silvio Zavala en sus estudios sobre la conquista de la Nueva España, Zaid demandó, pues, un análisis de los intereses particulares que encarnan los héroes de una guerrilla: "¿quiénes son los propietarios de una revolución? ¿quiénes tienen derecho a las posiciones privilegiadas? ¿cómo se reparte?". Preguntas de historiador a las que Zaid respondió con una afirmación de filósofo: "los que se dejan arrastrar por el discurso heroico, suelen lamentar la desunión, la atomización, las pugnas entre grupos revolucionarios, como si fuera natural que los intereses particulares subordinen al interés general". Justo ahí, en la crítica racional de un proceso tan mítico, tan religioso como una revolución latinoamericana, se fraguaba la mayor herejía. El heroísmo revolucionario, a diferencia del heroísmo clásico que narrara Plutarco o del heroísmo romántico que describen las biografías de Emerson y Carlyle, no admite compensación entre vicio y virtud, entre genio y perversión. El héroe revolucionario moderno (Robespierre, Lenin, Mao), y, especialmente, el héroe revolucionario moderno latinoamericano (Bolívar, Martí, Zapata, Sandino, el Che, Fidel…) aparece en las ideologías guerrilleras como una criatura inmaculada, un dechado de virtudes, un santo laico —y en algunos casos, ateo— siempre desprovisto del maquiavelismo que implica la lucha por el poder. En esa imposición del liderazgo único, Fidel Castro ha sido, sin lugar a dudas, el caudillo más exitoso de la historia latinoamericana. Su éxito, como advierte el poeta Gabriel Zaid, se debe en buena medida a un talento político puro, estrictamente maquiavélico, que mantiene a raya los escrúpulos morales, las dubitaciones teóricas y los sentimientos poéticos y que lo diferencia radicalmente de mártires guerrilleros como el Che Guevara o el propio Roque Dalton. La ventaja de Fidel sobre esa guerrilla poética, cuya última manifestación ha sido toda una parodia, el Subcomandante Marcos, es que Castro sigue un itinerario al revés: él no va de los libros al poder, sino del poder a los libros. En este punto, el del rechazo a toda despolitización religiosa del heroísmo revolucionario, la crítica de Zaid insinúa una suerte de teología política liberal, heredera del Cosío Villegas de Extremos de América y del Paz de El ogro filantrópico y hermana del Krauze de Por una democracia sin adjetivos, que defiende la secularización de la vida pública en sociedades católicas. La "urgencia moral de la teología de la perfección", que caracteriza al discurso revolucionario, impone un tabú: la pugna por el poder dentro de la élite. Se habla de "voluntad general", de "lucha de clases", de "unidad entre el pueblo y la revolución", pero se oculta la tecnología despótica que garantiza la conquista y, en su caso, la preservación del poder hasta la muerte. Esa tecnología, basada en una serie de mañas o trucos funcionales, como el síndrome de plaza sitiada, la militarización de la sociedad, la lealtad incondicional al caudillo, la subordinación de las libertades públicas a la seguridad nacional, es el trasfondo instrumental del heroísmo revolucionario. Pero en cualquier revolución, como dice Zaid, es ineludible el "problema de los héroes", ya que "después de la vida heroica, disciplinada y clandestina de las guerrillas, no ha de ser fácil quitarse las botas". Sobre todo cuando se trata de guerrilleros letrados, de clase media, como tantos líderes nicaragüenses y salvadoreños, que subían a las montañas con una nutrida y variopinta dotación de lecturas marxistas y estructuralistas. El canon doctrinario de aquellas "guerrillas universitarias" (Marx, Lenin, Mao, Guevara, Debray, Althusser, Gramsci, Fanon…) se estrellaba contra el catolicismo telúrico del campesinado y el fracaso de la movilización hacía emerger la querella política entre las élites. La crítica liberal, afirma Zaid, consiste en distinguir esos "intereses particulares disfrazados de interés general" que se esconden tras un "idealismo que se pone las botas". La historia reciente de Nicaragua y El Salvador ha dado la razón a Zaid. Antiguos guerrilleros como Daniel Ortega, Joaquín Villalobos y Shafick Handal son hoy políticos civiles que representan intereses particulares y que aceptan el nuevo pacto de las nacientes democracias nicaragüense y salvadoreña. Esos intereses, que se reflejan en una porción de votos de la ciudadanía electoral, determinan la autoridad acotada que pueden ejercer dichos líderes, ya sea en el gobierno o en la oposición. El trance revolucionario, ese interregno utópico en que la Nación y el Estado, el pueblo y el gobierno, la sociedad civil y la sociedad política parecían fundirse bajo una personificación mesiánica de la voluntad general, se ha desvanecido y el trucaje del heroísmo ha quedado al descubierto. El nuevo régimen no es más que una democracia imperfecta, desigual y corrupta, pero que permite alcanzar sin sangre el poder dividido de la república.
Canto a Manuel Manuel Guillot Castellanos, fué fusilado El 30 de Agosto 1962. tenía 23 años de edad ¿ Les han contado la historia de ese hombre que a la muerte lo llevan maniatado ? Insultan, calúmnian; odian su nombre Y leescupen si pasa por su lado. Es el hijo de Dios; aunque te asombre ! es el Cristo de nuevo ha regresado ¡ El camina silente: no responde. Lamirada es la paz, si lo han vejado. Si tiene algún temor el se lo esconde A todo su enemigo ha perdonado ! El levanta la frente con certeza del que cumple el deber que le ha tocado ¡ No ponen espinas en su cabeza Ni clavos sus carnes han desgarrado. ! ya no usan como entonces la rudeza de clavarle una lanza en el costado ¡ ahora matan con sutíl destreza, porque el crimen se volvió legalizado. El Cristo ha regresado nuevamente. Hoy vuelve a perdonar nuestro pecado. ! Viene a entregar su sangre de inocente como pago a ese dios tanto negado¡ Ya lo sacan del poste de la muerte, Con el cuerpo y el rostro ensangrentado. Y no hay voz, del este ni el oeste Ni tampoco del sur ni del norte helado Que recrimine, en tono duro y fuerte, ! la muerte de este Cristo fusilado ¡
Justa es la muerte de un hombre Cuando en su tumba, de flores se depositan Recuerdos, y en homenaje de respeto se le
Cubre
con el manto sagrado de la Pátria agradecida
Modesto Garcia
Marina de guerra Brigada 2506
En mi condición de negro cubano que se opone al actual gobierno de su país, dirijo este documento a ustedes, norteamericanos de mi misma raza que han sido elegidos democráticamente para representar a sus conciudadanos en el Congreso Federal. Creo que esta carta es necesaria porque la impresión que se recibe cuando se escuchan las declaraciones que de tiempo en tiempo formulan algunos de ustedes en relación con Cuba, es la de que están mal informados acerca de la realidad de mi Patria, y que esto se refleja de manera negativa en las decisiones que adoptan y en los pronunciamientos que hacen, lo cual no es bueno para los pueblos de Cuba y de los Estados Unidos, ni para las relaciones entre nuestros dos países vecinos. Concretamente: a juzgar por esas declaraciones públicas, algunos, de ustedes parecen estar bajo la impresión de que, en la Cuba de antes de 1959, los descendientes de africanos sufríamos una discriminación similar a la que padecían por aquellas mismas fechas los de los Estados Unidos; siempre según esa versión inexacta de la historia, habría sido la Revolución Cubana encabezada por Fidel Castro la que puso fin a tanta ignominia... Todo esto es un grave error y una gran distorsión de la realidad. Desde los inicios mismos del alzamiento contra el colonialismo español, el naciente Estado Cubano insurrecto decretó la libertad de los esclavos. En las filas de nuestro Ejército Libertador lucharon codo a codo cubanos blancos y cubanos de piel oscura, y muchos de estos últimos alcanzaron las más altas posiciones. Como dijera poéticamente el Apóstol de nuestra Independencia, José Martí, por los carpos de Cuba volaron juntas al cielo las alnas de los blancos y do los negros... Algo parecido puede decirse de la etapa posterior a 1902, cuando la República de Cuba fue reconocida internacionalmente: Un negro cubano, Juan Gualberto Gómez, fue delegado a la Convención Constituyente, representante y senador, además de director de varios, periódicos; otro (Martín Morúa Delgado) fue presidente del Senado; un mestizo (Fulgencio Batista) fue jefe del Ejército y hombre fuerte del país entre 1933 y 1939, en 1940 fue elegido democráticamente como presidente de la República (1940-44), y años más tarde, tras un funesto golpe de estado, volvió a ejercer el mando supremo (1952-59). En Cuba no rigió ninguna disposición comparable a las tristemente célebres "leyes de Jim Crow"; por el contrario; la Constitución prohibía la discriminación racial de modo expreso. No hubo afrocubano alguno al que se le limitara en el ejercicio del derecho al voto; a ninguno se le segregó en un medio de transporte, ni se le impidió al acceso a una escuela publica, un hospital o una universidad. En nuestra Liga Invernal de béisbol, atletas de diferentes razas competían amigablemente dentro de los mismos equipos, lo que sirvió de escuela a muchos jugadores norteamericanos en la época en que todavía existía la segregación racial en ese deporte. Un mulato (Antonio Maceo) era reconocido unánimemente como el guerrero nacido en Cuba que más se había destacado en nuestras luchas por la independencia, y la fecha de su caída en combate (el 7 de diciembre) era el único día de duelo nacional, en el que se recordaba a todos los cubanos muertos en la brega por la libertad. El Cuartel Moncada, asaltado por Fidel Castro y sus seguidores el 26 de julio de 1953, llevaba el nombre de un general negro de nuestras guerras independentistas… En resumen; que la situación del afrocubano antes del triunfo de la Revolución, no admitía comparación con la que sus congéneres de Estados Unidos sufrían por esa misma época. Debo aclarar que, con esto, no pretendo negar absolutamente que existieran prejuicios raciales, e incluso algunas manifestaciones marginales de discriminación; dificultad en el acceso a los puestos de trabajo mejor remunerados, prohibición de entrada a hoteles de lujo y clubes privados (aunque hay que decir que también había sociedades "de color" que a su vez no admitían blancos), segregación en algunos parques públicos de determinadas ciudades del interior del país. Hasta aquí he hablado de la Cuba pre-revolucionaria. ¿Qué decir de la de ahora? Es cierto que, en los primeros meses que siguieron al triunfo revolucionario de enero de 1959, fueron eliminadas algunas de las más absurdas prácticas discriminatorias arriba mencionadas; no obstante, el examen de los hechos objetivos nos permite afirmar que estos últimos 45 años no han representado, para el negro cubano, un cambio radical en su situación. Al respecto, quisiera limitarme a hacerles algunas preguntas concretas; ¿Se han fijado ustedes a qué raza pertenece la gran mayoría de los habitantes de conventillos y otras viviendas precarias? ¿O la población penal de Cuba? ¿O las prostitutas o "jineteras"? ¿O –en su momento– los llamados "combatientes internacionalistas" que eran enviados a matar y morir al África y a otros continentes? Y, por el contrario: ¿Cuál es la proporción de negros o mulatos en los altos círculos del poder? ¿Y entre los trabajadores del turismo u otras esferas codiciadas por la facilidad de acceso al dólar? O también: ¿En qué lugar de Cuba hay una catedral o una simple iglesia consagrada a los muy difundidos cultos afrocubanos (como –por ejemplo– si ha sucedido recientemente con una catedral para la iglesia ortodoxa griega? Creo que si ustedes tratan de contestar con honestidad esas preguntas, coincidiremos en muchos puntos. Por lo demás, los cubanos de ascendencia africana sufrimos los mismos males que nuestros compatriotas de origen europeo: No podemos organizar partidos políticos opositores ni presentar candidatos independientes a las llamadas “elecciones”, ni comprar o alquilar un auto nuevo ni decenas de otros artículos…, y así otras muchas limitaciones más. ¡Y todo ello no por ser negros, sino por ser cubanos!... Es decir: que nosotros sufrimos en nuestra propia tierra una discriminación nueva y aún más humillante. No hay que asombrarse –pues– de que en las filas de la oposición al régimen totalitario comunista haya no pocos activistas de ascendencia africana: Un negro, Jorge Luis García Pérez (“Antúnez”), es actualmente el preso político más antiguo; un médico mulato (el doctor Oscar Elías Biscet), uno de los más conocidos internacionalmente; otros forman parte del “Grupo de los 75”, detenidos y sancionados en menos de tres semanas, en procesos carentes de las más elementales garantías procesales, por disentir del régimen imperante. Los tres jóvenes que, por intentar secuestrar de modo incruento una lancha fueron acusados, juzgados y fusilados en menos de una semana, eran de la raza negra. ¿No creen ustedes, distinguidos señores congresistas, que todas esas realidades merecen de su parte una reconsideración de la imagen de admiración y virtual apoyo al régimen comunista cubano que ofrecen esos pocos de entre ustedes? ¿No sería correcto que, para contrarrestar esa impresión, los que no han actuado de ese modo ni comparten esos criterios expliciten su condena al régimen totalitario cubano y su apoyo a los que luchan pacíficamente por la libertad? Créanme que si en alguna ocasión futura ustedes visitan Cuba, yo tendría el más vivo placer en responder personalmente a todas sus inquietudes al respecto. Atentamente, 39061301765 Jueves 11 de marzo de 2004
No es posible que Stone se haya dejado engañar por este intercambio. Sí, al parecer, acepta el contexto que aduce Castro para la represión de los disidentes: "la insistente amenaza de Estados Unidos a la soberanía de Cuba". De hecho, de acuerdo con el documental, Washington brindó una excusa fácil para la represión del año pasado con sus "intensos contactos con el movimiento pro-democracia en la Isla".
La causa real, sin embargo, fue interna. Desde 2000, el régimen se ha visto paralizado en sus acciones dentro de la economía. La mayor parte de la dirigencia probablemente esté a favor de reformas económicas profundas, como las puestas en práctica en China y Vietnam. Sin embargo, Castro se opone a tales vendavales del capitalismo. Tener a Estados Unidos como telón de fondo le ofrece un pretexto para mantener una atmósfera de crisis que intimida a los reformistas y los obliga a volver al redil disuadiéndolos de una política eficaz. Las razones de por qué tantos cubanos desean emigrar, por ende, no son tan encasillables. La política de Castro se adelanta a la creación de oportunidades internas que, con toda probabilidad, disiparían algunas de las urgencias por abandonar la Isla. Looking for Fidel está forzosamente adornado con imágenes de Castro entre las masas, y así también se presentan, inevitablemente, retrospectivas de un joven Castro. Pero cuánta diferencia hay en estos 45 años. Las primeras escenas están llenas de vida, espontaneidad y esperanza; las nuevas parecen viciadas, cansadas y pavlovianas. Sin duda, algunas de las personas —en las tomas contemporáneas— que gritan "Fidel, Fidel" son sinceras, pero no existe ningún medio para comprobarlo, pues casi toda Cuba semeja un pueblo Potemkin, lo que —más que cualquier acción norteamericana— constituye el talón de Aquiles del régimen. Quizá Stone piense que ha descubierto a Castro. No importa. Si el director no hubiera creído en el gran revolucionario, Castro no le hubiera permitido filmar sesenta horas de película. Y eso sí hubiera importado. Habríamos sido privados de ver al dictador en su laberinto, de contar con un documento con gran valor para los historiadores tras la muerte de Castro. La Historia —y no los engaños del Comandante ni la imaginación de Stone— no absolverá al dictador cubano. Inconscientemente, tampoco lo hará Looking for Fidel.
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